El Intelectual y “El Príncipe”

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Breves notas a propósito de Carlos Fuentes y los espejos del poder

La muerte de un intelectual renombrado, especialmente si se trata de un “hombre (o mujer) de letras”, suele despertar –junto a los naturales sentimientos de pesar en quienes crecieron con sus libros o se sienten identificados con su obra–, una operación política y cultural por parte del estado y la llamada “clase política”. Buscando apropiarse de la memoria, la obra y especialmente del prestigio del fallecido, el cual se pretende absorber como si fuera una verdadera savia por parte de los gobernantes de turno que, tal vez como consecuencia de la propia lógica de las degradadas políticas capitalistas, están lejos de aquellos estadistas e ilustrados políticos burgueses de otras épocas más “doradas”. Claro que esta operación es más sencilla de lograr si el fallecido mantuvo una buena relación con “El Príncipe”, y si, en momentos de su vida, su trayectoria estuvo vinculada al antiguo régimen.

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En todos los sentidos de lo que planteamos arriba, ése fue el caso de Carlos Fuentes. Nuestro comentario no pretende menoscabar la calidad literaria que pueda atribuírsele a su pluma, expresada por ejemplo en La muerte de Artemio Cruz, donde retrata la evolución –personificada en el protagonista– de la facción triunfante de la revolución, su encumbramiento, su imbricación con la vieja clase dominante y el conjunto de las prácticas corruptas y gansteriles. Otros podrán mencionar también el lugar de Aura o de La región más transparente en la literatura no sólo mexicana, sino también latinoamericana. Menos aun pretende entrar en el terreno, tan subjetivo, de la identificación de muchos con sus obras, del gusto por la lectura de las mismas, del aprecio por la ficción del creador literario. Aquí queremos más bien referirnos a la figura del intelectual y su relación con el poder político, porque Fuentes no sólo fue un hombre de letras, fue uno de los intelectuales mexicanos más renombrados del siglo XX, cuyas palabras excedieron su obra literaria y que se vinculó activamente con la política nacional (1).

Si en los años ‘60 un Carlos Fuentes en ascenso (había publicado en 1962 dos de sus obras mencionadas, y unos años antes La región más transparente) tuvo actitudes críticas respecto al poder en turno, como se expresó particularmente en el suplemento “Un día en la Tierra de Zapata: testimonios sobre la vida y la muerte de Rubén Jaramillo” en el que junto a otros intelectuales, como Fernando Benítez, denunció el asesinato del líder campesino, a partir de 1970 mantuvo una relación de solidaridad y apoyo con el gobierno de Luis Echeverría Álvarez (LEA). No fue el único intelectual mexicano seducido por el huésped de Los Pinos en el periodo 1970-1976. De nada sirvió como disuasorio de esta actitud, la participación de LEA como Secretario de Gobernación en los acontecimientos de 1968, ni la masacre del jueves de Corpus de 1971; tampoco la guerra sucia que se libró durante el echeverrismo contra los grupos guerrilleros y activistas sociales (obreros, campesinos, jóvenes) en diversos estados de la república. Como tantos otros intelectuales, Fuentes apoyó al gobierno, acompañó incluso una gira presidencial por el continente, y lo defendió abiertamente, como puede verse a continuación.

“No acabamos de digerir nuestros traumas (haciendo referencia al 68 mexicano, N del A) Creo que en primer lugar el responsable único fue el presidente de la República de México. En segundo lugar, que en Tlatelolco intervino el Ejército por órdenes de la Presidencia y de la Defensa, no de Gobernación. Y en tercer lugar, que aunque Echeverría hubiese sido 100% responsable del 68, no podemos hacer una política a base de la noción cristiana del pecado original y convertirnos en estatuas de sal mirando siempre hacia atrás…” (2).

Echeverría concitó el apoyo de muchos, utilizando un discurso demagógico y populista y en particular su rol protagónico en el Movimiento de los No Alineados y su cercanía con Cuba y formaciones políticas de izquierda en Centroamérica, así como aprovechando la apertura de México a los exiliados sudamericanos en los tres últimos años de su mandato. Perspicaz y consciente de que era necesario ante la irrupción estudiantil del 68-71, y la llamada insurgencia obrera de los ‘70 “cambiar algo para que nada cambie” y preservar el régimen capitalista, el gatopardismo echeverrista inició la llamada “apertura democrática” y muchos izquierdistas e intelectuales se creyeron el cuento de que la disyuntiva era “Echeverría o el fascismo”. Como dijo Benítez “Fue una expresión exacta y debo haberla repetido yo en alguna ocasión. En ese momento la situación de México era muy grave y podía haber caído en un fascismo del que nos salvó Echeverría. Su única medida represiva y fascista fue el golpe en Excélsior. Ahí se enfrentaron los poderes de la prensa y del Ejecutivo, pero fue un único caso.” (3)

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Los hechos hablan por sí mismos y muestran la irresistible atracción ejercida por el “ogro filantrópico” (como lo llamó Octavio Paz) en Fuentes. Esto estaba asociado a la idea, que cundía entre muchos intelectuales, de impulsar la democratización de la vida política, social y cultural, en la cual algunos soñaron que podrían susurrar en los oídos de un poder, sensible a sus palabras, ideas de “modernización democrática”. No es casual que haya sido LEA quien atrajo a muchos que en los sexenios previos habían repudiado a Díaz Ordaz o a sus antecesores. Ya desde entonces, la “apertura política” atraía y encandilaba. En particular, el priato logró, en las presidencias de Echeverría y quienes le sucedieron, integrar a una cantidad importante de personalidades de la cultura y la academia, que se transformaron así en intelectuales orgánicos, y jugaron un rol en legitimar la política del estado mexicano y fortalecer su hegemonía sobre las clases oprimidas y explotadas, particularmente en lo que se refirió a contener el desarrollo de una generación juvenil y obrera, que emergió desde 1968, mediante la ilusión en la autorreforma democrática del régimen político.

Durante las décadas siguientes, Fuentes mantuvo en esto una continuidad de pensamiento, expresada en distintos gestos y declaraciones, de apoyo a la llamada transición política –que cobró toda su fuerza después del fraude de 1988 y de la irrupción zapatista de 1994–, impulsada para renovar las instituciones garantes de la dominación económica sobre las grandes mayorías y contener las aspiraciones democráticas populares. Después de apoyar la transición del 2000 y avalar al gobierno de Fox, negó rotundamente la existencia de un fraude para llevar a Calderón a la presidencia en el año 2006. Como corolario de esto, cabe recordar las afirmaciones del autor que decía “Yo creo que es una democracia imperfecta. Muy imperfecta. Pero cuya dirección fundamental es de orden democrático” (4).

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Luego de su reciente fallecimiento, y ante la actitud que Carlos Fuentes (u Octavio Paz) asumieron en torno al poder político, cobraron nueva actualidad opiniones sobre las discusiones suscitadas a inicios de los ‘70 a propósito del apoyo al echeverrismo, y en torno a la necesidad de que la intelectualidad sea independiente del poder político, asumiendo un lugar crítico frente al mismo. Ejemplo de esto son los comentarios, publicados en Proceso en la edición citada, del historiador y politólogo Lorenzo Meyer o la escritora Elena Poniatowska. Es sin duda una discusión necesaria y que debe hacerse, teniendo en cuenta que el estado mexicano se caracterizó, durante el siglo XX, por poner en juego distintos mecanismos de cooptación institucional, cultural y académica para atraerse y cobijar a sectores renombrados de la intelectualidad. Esto, sin menoscabo de que la decadencia y degradación que corroe la política cultural en los últimos sexenios le ha quitado cierto impulso al reclutamiento de intelectuales críticos, más allá de los mercaderes que han proliferado, como vendedores de biblia, durante el periodo neoliberal priista-panista.

En este plano, no se trata sólo de mantener distancia respecto al poder. Lo que estuvo por detrás de la vinculación de muchos intelectuales con el echeverrismo no fue sólo la debilidad ante la seducción del “Príncipe” sexenal. Era fundamental la existencia de una postura política propia y un punto de vista ideológico que los llevaba a coincidir e identificarse –en mayor o menor medida– con el echeverrismo primero, y con la transición democrática de las décadas siguientes.

Distinto a ello, un posicionamiento realmente crítico requiere no transigir con el poder constituido, cuestionando las bases del sistema capitalista, su régimen político y la ideología que lo sostiene, que es reproducida constantemente a través de los grandes medios de comunicación. En ese sentido, adoptar una perspectiva favorable a los intereses de los explotados y oprimidos es la base para una intelectualidad independiente del estado y sus partidos políticos (5).

Y eso nos lleva a concluir estas notas planteando una necesidad que se refuerza al ver las experiencias comentadas en los párrafos previos, y que cobra actualidad ante la emergencia de una nueva generación juvenil no sólo en el Estado Español, no únicamente en la Plaza Tahir o en las ciudades de Estados Unidos y Canadá, sino –ahora sí– en las calles y las plazas de México.

Para poner en pie una intelectualidad crítica, es fundamental que la misma adopte la perspectiva del marxismo, que lejos de obnubilarse con los mecanismos estatales para “cambiar algo para que nada cambie”, desgarre el velo de las apariencias y critique radicalmente el estado de cosas existente –es decir un sistema basado en la explotación y la opresión–. Que, distinto a los intelectuales que se acercaron a los personeros en el poder de la clase dominante, vea en la clase obrera –es decir en los millones de asalariados y sus familias que son mayoría en México y el mundo, y que mueven todos los resortes de la moderna economía– el sector al cual aliarse en una perspectiva de transformación social y radical de este orden sustentado en la esclavitud asalariada. Ese, creemos, es la forma de construir una verdadera intelectualidad crítica, revolucionaria.

México DF, 24 de mayo de 2012

Notas:

(1) Sugerimos a nuestros lectores la nota publicada por Heriberto Yepez en el archivohache.blogspot.com (“Carlos Fuentes y el PRI”) así como los trabajos de investigación “El Elogio y la controversia”, de Judith Amador, y “Fuentes y la fascinación por Echeverría”, de Judith Amador y Armando Ponce, publicado por Proceso (http://www.proceso.com.mx/?p=308171) y del cual hemos tomado varias de las citas aquí presentadas.

(2) Citado por Judith Amador y Armando Ponce en “Fuentes y la fascinación por Echeverría”, en Proceso, 20 de mayo de 2012.

(3) Ibidem.

(4) Citado por Judith Amador Tello, en “El elogio y la controversia”, Proceso 1855 del 20 de mayo de 2012.

(5) Al escribir estas notas, y aunque suene a digresión, no podemos dejar de recordar a José Revueltas, quien –independientemente de la valoración que se tenga de su obra literaria y su ensayística política y social– es uno de los grandes ejemplos de intelectualidad independiente, comprometida y militante del siglo XX mexicano.

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