Trotsky en las tierras de Villa y Zapata*

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El 7 de diciembre de 1936, el presidente de México, Lázaro Cárdenas, respondió positivamente a las gestiones realizadas por Diego Rivera y Octavio Fernández, y otorgó el asilo a León Trotsky. Éste habrá recibido con alegría pero no sin cierta sorpresa la noticia: perseguido por la GPU stalinista y cuando todos los gobiernos del mundo cerraban sus puertas, el lejano México se las abría.

Aún antes de llegar a su destino, hacia donde se embarcó el 19 de diciembre desde Noruega, Trotsky comenzó a estudiar sobre el que sería su sitio de residencia durante más de 3 años y hasta su muerte: “Estoy leyendo ávidamente algunos textos sobre México. Nuestro planeta es tan pequeño, y sin embargo sabemos tan poco de él. Me he pasado así estos primeros 8 días, trabajando intensamente y especulando sobre este misterioso México” (1).

León Trotsky y Natalia Sedova llegaron al puerto de Tampico el 9 de enero del 37, y en su asilo en el país latinoamericano fueron testigos del paso más atrevido del gobierno cardenista: la expropiación de las empresas petroleras, que marcaron un antes y un después en la política mexicana del siglo XX.

Trotsky arribó a un país convulsionado por 25 años de revoluciones y contrarrevoluciones, intentonas de golpes de estado y levantamientos religiosos, insurrecciones campesinas y huelgas heroicas del movimiento obrero anarcosindicalista y comunista. La gigantesca ola de la revolución de 1910-17 continuaba agitando la realidad política y social. Testimonio de ello eran las movilizaciones de masas de 1938, así como el despliegue de las vanguardias en el arte y la cultura (cuya mayor expresión fue el movimiento muralista) nutridas por artistas que llegaron de todo el mundo atraídos por el mítico México revolucionario. La llegada de Trotsky arrojó más “leña al fuego” por su trayectoria revolucionaria y antiestalinista. Y despertó una campaña de oposición a su derecho de asilo que, en los hechos, unificó a varias formaciones políticas de derecha, al Partido Comunista Mexicano (PCM) y a la cúpula de la Central de Trabajadores de México (CTM), encabezada por Vicente Lombardo Toledano. El PCM y Lombardo Toledano intentaron cambiar la decisión de Cárdenas y, cuando no lo lograron, orquestaron una campaña de calumnias contra el exiliado ruso, preparando el terreno para su posterior asesinato.

Durante su estadía, Trotsky respetó las condiciones que normaban la actuación de un refugiado y no intervino públicamente sobre los asuntos de la política nacional. Aun así, y por su misma presencia se convirtió en un actor político de importancia en el México de entonces. Hospedado inicialmente en la hoy conocida como “Casa Azul” de los pintores Diego Rivera y Frida Kahlo, organizó una febril actividad que, en los primeros meses, se orientó a responder a los fraudulentos e ignominiosos Procesos de Moscú; mediante una labor minuciosa, desenmascaró todas y cada una de las calumnias estalinistas, en un contra proceso presidido por el conocido pedagogo y filósofo norteamericano John Dewey.

Desde el inicio contó con el apoyo de militantes europeos y norteamericanos de la Oposición de Izquierda Internacional (como Joseph Hansen, Joe Frankel, y quien fuera su secretario y colaborador durante gran parte de su exilio, Jan Van Heijenoort) así como de militantes mexicanos de la Liga Comunista Internacionalista (LCI), quienes participaban en las actividades políticas, de secretaría y seguridad. La casa de Coyoacán se convirtió rápidamente en su cuartel general, y cada faceta se organizaba minuciosamente; Trotsky reunía por la mañana muy temprano a sus secretarios y colaboradores para planificar la actividad del día. Contó también con el apoyo de Diego Rivera, uno de los pintores muralistas más reconocidos en México y el mundo, quien –expulsado del Partido Comunista– había adherido a la LCI. Rivera llegó a tener con Trotsky una relación muy cercana, hasta que, a fines de 1938, inició una crisis que llevó a la ruptura entre ambas personalidades. Junto a Rivera, otras figuras políticas e intelectuales de México cultivaron una relación cercana con el fundador del Ejército Rojo, como Antonio Hidalgo (funcionario del gobierno cardenista), los hermanos Francisco y Adolfo Zamora, o Francisco J. Múgica, secretario de Comunicaciones y Obras Públicas, amigo y compañero de armas de Lázaro Cárdenas. Múgica era el enlace de más alto nivel en el gobierno, ya que el presidente, a pesar de otorgar el asilo a Trotsky en un acto desinteresado y motivado por un sentimiento humanitario y progresista, nunca se entrevistó con él, en una actitud que buscaba no agitar las aguas de la política interna.

Trotsky orientó sus energías hacia una multitud de cuestiones políticas; tanto en relación con el país y el continente en donde se encontraba, como en cuanto a la lucha contra el estalinismo. Dedicó esfuerzos a recibir y discutir con personalidades como el obrero argentino Mateo Fossa, a cultivar relaciones políticas con los exiliados apristas y de otros países, así como a construir un agrupamiento internacional de artistas revolucionarios, el FIARI, proyectado como una alternativa a la labor del estalinismo en ese terreno. Propició además la publicación de un nuevo órgano teórico, Clave / Tribuna marxista, escribiendo numerosos artículos, los cuales no siempre aparecieron con su firma.

A su llegada, la política internacional estaba signada por la inminencia de la nueva guerra mundial. Eso exigía profundizar el análisis de la situación y las perspectivas de las potencias imperialistas y sus relaciones con el estado obrero soviético y el mundo colonial y semicolonial, lo cual Trotsky realizó en innumerables artículos y elaboraciones. Las tareas que de allí se desprendían para el Movimiento por la IV Internacional, eran enormes y en condiciones harto difíciles, agravadas por la persecución de la GPU, la policía política soviética en tiempos de Stalin. Para Trotsky era urgente (ante el desbarranque de la III Internacional estalinizada) fundar la IV Internacional y dotarla de un programa revolucionario, sentando las bases de una alternativa de dirección para la clase obrera y los pueblos del mundo. Y es que sus expectativas eran que (de forma similar a lo ocurrido al final de la Primera Guerra Mundial), la próxima conflagración mundial podía ser partera de nuevas revoluciones, por lo cual era fundamental que los cuartainternacionalistas tuvieran una organización y un programa a la altura de las circunstancias. Por ello Trotsky elaboró, en México, el documento que se conoce como “Programa de Transición”, que pretendía ser una guía para la acción durante y después de la guerra. Con el fin de sostener discusiones sobre la construcción de esta organización y sobre su programa, es que acudieron, a su residencia en México, muchos de los dirigentes de lo que, desde el 3 de septiembre de 1938, sería la IV Internacional.

El último exilio de Trotsky se dio en un verdadero cruce histórico entre los prolegómenos de la guerra y una realidad nacional convulsionada por la lucha de clases, donde la actuación de las fuerzas políticas y sociales de México estuvo cruzada por la situación de las potencias imperialistas, como se vio en 1938. Esta rica y compleja situación contextualizó e impulsó su profusa actividad como intelectual y dirigente de la corriente marxista revolucionaria.

No podemos dejar de mencionar las difíciles condiciones económicas y personales en las que vivió en esos años. En México, se enteró de la muerte de su hijo León Sedov en Francia, víctima de una conspiración de la GPU apoyada en las redes de los exiliados “blancos”; en ese panorama de persecución y muerte que se abatió sobre su familia, él y Natalia contaron con la alegría de la llegada de su nieto Sieva Volkov.

Aun en esas condiciones adversas, Trotsky mantuvo su “fe en el futuro comunista de la humanidad”, como lo escribió en su “Testamento” a inicios de 1940, y un combate activo contra el estalinismo y por la construcción del partido mundial de la revolución socialista. Lo hizo aún en la antesala de la “medianoche del siglo” (como denominó Victor Serge a esos años aciagos), y esa fue la causa de que acallaran su voz, su pluma y su vida.

En el convulsivo México posrevolucionario

Si la atracción que México ejercía en el mundo, era consecuencia en gran medida de la irrupción de los ejércitos campesinos de Francisco Villa y Emiliano Zapata, el derrotero seguido por la revolución de 1910-17 es lo que explica los convulsivos años de 1930.

El fin del ascenso revolucionario estuvo marcado por el triunfo de los constitucionalistas Álvaro Obregón y Venustiano Carranza sobre los ejércitos campesinos de Villa y Zapata. La segunda década del siglo presenció sangrientos enfrentamientos en la facción triunfante (los mismos Obregón y Carranza fueron asesinados), e intentos por estabilizar un régimen político que garantizara el desarrollo capitalista. Para ello se fundó, en 1929, el Partido Nacional Revolucionario (PNR) (2).

En esta búsqueda de estabilización política se inscribió el accionar de la Central Regional Obrera de México (CROM), conteniendo la radicalización del joven movimiento obrero, subordinándolo a los gobiernos de Álvaro Obregón y Plutarco E. Calles, y declarándole la guerra a las tendencias anarcosindicalistas y comunistas que en los años 1920 emergieron como expresión de la radicalización obrera. Luis N. Morones fue el líder de la colaboracionista burocracia sindical de la CROM, orgánicamente ligada al estado, y se convirtió en Secretario de Comercio, Industria y Trabajo bajo el gobierno de Calles (1924-1928).

La cuarta década del siglo inició cruzada por los ímpetus de los obreros y campesinos, que buscaban hacer realidad las aspiraciones motoras de la revolución de 1910, postergadas por los sucesivos gobiernos pos-revolucionarios.

A los duros efectos de la crisis internacional de 1929 le siguió una cierta recuperación en 1932 y un despertar de la confrontación de clases. Como planteó Arturo Anguiano, “las huelgas obreras, los mítines, las manifestaciones, se entrelazaban a las huelgas de los jornaleros agrícolas, los levantamientos armados de los campesinos y la toma de tierras. La rebelión campesina y la lucha obrera empezaban a perfilarse… El torrente resultaría incontenible.”(3); en ese contexto, la CROM perdió poder y capacidad de control, y se configuraron nuevos realineamientos sindicales que en 1936 serían encauzados en una nueva central obrera.

Los vientos de cambio impulsaron, al interior de la familia revolucionaria, la emergencia del general Lázaro Cárdenas como candidato presidencial del PNR, quien ganó las elecciones de 1934; esto, mientras que el poder del otrora “Jefe Máximo” (como se denominaba a Plutarco E. Calles) comenzaba a decaer.

Cárdenas representaba al “ala izquierda” del PNR y, como tal, fue la mejor carta para responder al ascenso de masas de esos años, ya que desplegó una actuación orientada a “reencauzar el movimiento de las masas obreras y campesinas, conquistando su apoyo y orientado sus luchas de modo tal que fortalecieran al Estado, dándole a éste un poder que podría utilizar para impulsar el desarrollo industrial del país. La destrucción del latifundismo y la transformación de la vieja estructura del campo, dinamizándola, inscribiéndola en la era de la mecanización y del imperio de las relaciones capitalistas; la renovación y el impulso a la industria, obligando a los burgueses a quebrar sus métodos anacrónicos de superexplotación de la clase obrera hasta el agotamiento, (estos) eran objetivos que el Estado solo no era capaz de llevar a cabo… (para lograr eso) carecía de una base social propia, pues la clase capitalista aun no identificaba con plenitud sus intereses con los gubernamentales” (4).

Para lograr esa base social, Cárdenas –quien tenía una ideología nacionalista y un discurso socializante– desplegó una política activa que incluyó una relación directa con las masas populares mediante frecuentes giras y un estilo de gobierno austero; pero, fundamentalmente, impulsando la sindicalización y la unificación de las organizaciones de masas. El Estado fue el promotor de la organización obrera y campesina, “a estos últimos los organizó directamente, asumiendo en sus propias manos y a través del PNR tal tarea; a los otros les concedió facilidades y ayudas para comprometerlos con él” (5). El objetivo era convertir al movimiento obrero y campesino en base de apoyo de la política del gobierno frente a sectores de las clases dominantes, y subordinarlo al estado. Bajo esa perspectiva intervino en las disputas obrero-patronales e impulsó reformas sociales, entre las que destacó una reforma agraria que, aunque limitada y controlada, le valió el apoyo de millones de campesinos.

Cuando sobrevino la crisis política de 1935, con el enfrentamiento entre el gobierno y el callismo, para el triunfo del primero fue decisiva la intervención de las organizaciones sindicales y populares nucleadas en el Comité Nacional de Defensa Proletaria (CNDP), que movilizó a decenas de miles de obreros y campesinos en apoyo a Cárdenas.

En 1936 surgió la Central de Trabajadores de México (CTM), que aglutinó a la mayoría de las organizaciones obreras del país. Ésta surgió íntimamente vinculada al gobierno, apoyando acríticamente sus políticas, y aceptando su dominio sobre las organizaciones obreras, siendo sus líderes –Vicente Lombardo Toledano y el grupo encabezado por Fidel Velázquez– muy cercanos a la presidencia. La CTM se convirtió en el principal baluarte del gobierno en el movimiento obrero.

El punto culminante de esto fue en 1938, con la integración de las organizaciones obreras al flamante Partido de la Revolución Mexicana (sucesor del PNR), que aglutinaba en su seno a los “cuatro sectores” (obrero, campesino, popular y militar), e inauguraba así la subordinación orgánica de los sindicatos al partido de la burguesía nativa.

En este sentido, la política del cardenismo, incluyendo sus reformas sociales, fueron parte de una orientación que propició el desarrollo del capitalismo mexicano y buscó encauzar la protesta social, conteniendo las tendencias hacia la acción y la organización independiente de los trabajadores. Dándose a su vez en un contexto internacional signado por la declinación del imperialismo británico, el ascenso de los Estados Unidos y una orientación de las potencias imperialistas hacia la guerra, que permitió mayores márgenes de maniobra para los estados semicoloniales, y en particular para medidas tales como la nacionalización del petróleo y los ferrocarriles, que desarrollaremos más adelante.

El estalinismo mexicano y Trotsky

Al llegar a México, Trotsky se encontró con la peculiar situación del estalinismo nativo, que tenía dos expresiones, las cuales en líneas generales coincidían en la estrategia política.

El Partido Comunista Mexicano (PCM) surgió en 1919 a partir del influjo de la Revolución Rusa, en el marco de un movimiento obrero dominado por la confrontación entre el anarcosindicalismo y el reformismo liderado por Morones.

Sus primeros años estuvieron marcados por luchas intestinas y por la dificultad para responder a los complejos fenómenos de la vida política nacional y de las organizaciones obreras. El PCM no acertó a explicar, de forma integral y desde un ángulo marxista, el proceso revolucionario de 1910/17 y el carácter de los gobiernos posteriormente surgidos (6). Aunque logró una inserción en determinados sectores obreros y populares (jugando, por ejemplo, un rol de codirección en el importante movimiento de inquilinos en 1922) no pudo influir decisivamente en el anarco sindicalismo, que congregaba a sectores combativos del proletariado (7).

Esto se profundizó desde 1923-1924, ya que el PCM se movió al ritmo de los lineamientos de una Internacional Comunista en vías de burocratización bajo la férula estalinista, y reproduciendo la política oscilante y centrista de su dirección internacional, lo cual se expresó primero en el apoyo a representantes de la burguesía (8), y luego virando hacia políticas ultraizquierdistas, como a fines de la década del 1920, cuando trasladó a México –en un contexto de retroceso del movimiento obrero–, la línea de la IC de “lucha de clase contra clase” (9).

Al mismo tiempo inició una creciente burocratización de las estructuras partidarias, donde los representantes de la GPU y del Partido Comunista de EEUU vigilaron celosamente la aplicación de los mandatos de la Internacional Comunista, y aplastaron, bajo la acusación de “liquidacionismo” y “trotskismo”, cualquier disidencia y cuestionamiento interno. Vittorio Vidali en particular será uno de los principales representantes de la GPU en el PCM, y sus dos estadías en México (en 1927-1930 y en 1939-1944) estuvieron directamente vinculadas a las “depuraciones” en el PC y los intentos para asesinar a Trotsky.

Al inicio del gobierno de Cárdenas, el PCM –congruente con su política ultraizquierdista– lo equiparó con el bonapartismo de derecha de Calles, caracterizándolo como un gobierno fascistizante. Aunque esto le daba un posicionamiento relativamente independiente del PNR, se trataba de una definición equivocada, que no dialogaba con las ilusiones de las masas obreras y campesinas atraídas por el cardenismo y sus primeras medidas sociales.

En 1935 la política del PCM cambió de la noche a la mañana. El VII Congreso de la Internacional Comunista abandonó la política ultraizquierdista, y en un giro a derecha llamó a la formación de “frentes populares” con sectores supuestamente democráticos y antifascistas de la burguesía. Esto se adaptaba a las necesidades de la diplomacia de la burocracia soviética y a su búsqueda de alianzas con los imperialismos “democráticos”, y propició nuevas tragedias para el proletariado mundial, como en España. En la carta que envió la delegación del PCM al VII Congreso –formada por José Revueltas, Hernán Laborde y Miguel Velasco–, se planteaba que “el PNR agrupaba en su seno a sectores de la burguesía industrial y comercial que luchaban, aunque con vacilaciones y compromisos, por desarrollar una economía nacional independiente del imperialismo y también a elementos pequeñoburgueses, obreros y campesinos… el gobierno es nacional-reformista, opuesto al imperialismo…el partido comunista debería rectificar su actitud y apoyar expresa y enérgicamente la política gubernamental” (10). Partiendo de esto, se proponía como la tarea de los comunistas mexicanos, la formación de un amplio frente popular antiimperialista, compuesto por las fuerzas obreras, campesinas y el PNR.

Mediante una particular lectura de la anterior revolución, el PCM justificaba su actitud: en 1910 habría empezado una revolución de carácter democrático y antiimperialista, cuya principal tarea era la lucha contra el latifundio, la independencia nacional y la democratización política, preparando el terreno para que los obreros pudieran conducir más adelante la revolución. En ese marco, el proceso iniciado bajo el gobierno de Cárdenas suponía un avance de las fuerzas revolucionarias, y de lo que definían como una revolución antiimperialista y democrática, y era la base para pasar –en un futuro no precisado–, a la etapa de lucha por el socialismo. Esto era la refracción nacional de la teoría de la revolución por etapas.

El PCM identificaba sus tareas con las del gobierno cardenista, y se convertía en un apoyo por izquierda del nacionalismo burgués. Esto era acompañado de su subordinación a Vicente Lombardo Toledano y la dirección de la CTM. Como planteaba una resolución del pleno del PCM de junio de 1937, “en aras de la unidad, los comunistas haremos las concesiones y aceptaremos los sacrificios que sean necesarios” (11).

Si esto encontró algunos reparos en sectores del partido, fue conjurado por la intervención de Earl Browder, dirigente del PC de EE. UU., y por las directrices de la IC. El resultado fue desastroso: “la política de unidad a toda costa no solo acarreó la sujeción de los comunistas a los líderes de la CTM, sino que abrió el camino a una más completa y rápida subordinación del PCM al gobierno” (12).

Para 1937, el gobierno ya no era “nacional reformista”, sino “nacional revolucionario” y surgió la idea de que el frente popular antiimperialista podía estructurarse en torno al PNR. La creación del Partido de la Revolución Mexicana suscitó el apoyo incondicional a sus estatutos y principios, como manifestó el mismo Hernán Laborde, dirigente comunista, en el Congreso de fundación del PRM.

La segunda expresión del estalinismo autóctono fue Vicente Lombardo Toledano. Favorito de la dirección internacional estalinista, debido a que contaba con gran influencia sobre el gobierno y el movimiento obrero; Lombardo representaba una potente plataforma de lanzamiento para la política del Kremlin sobre México y en particular para sus intentos de comprometer a Cárdenas como aliado en la guerra. Formado en el equipo de Morones, estuvo confrontado con el PCM durante el primer lustro de la década; a pesar de ello, en 1935 Lombardo viajó a la URSS y volvió convertido en un “marxista no comunista” (como se autodefinió), y en defensor a ultranza de José Stalin. Ante eso, la dirección soviética “aconsejó” al PCM que deje de lado, en aras de la unidad, las anteriores rencillas. Y es que el giro frentepopulista del VII Congreso abrió el camino para la confluencia entre el Kremlin y la dirección cetemista, basada en una estrategia similar para México.

Nos referimos a que, desde las páginas de El Popular, Lombardo Toledano sostuvo que, si la revolución iniciada en 1910 era anti feudal y nacionalista, ésta no había concluido y debía agotar sus tareas democrático-burguesas antes de pasar a una etapa posterior; ante eso, la burguesía debía tomar conciencia y afrontar sus tareas históricas. Afirmaba que “la línea de los pueblos coloniales y semicoloniales no es la revolución proletaria, sino la de liberación nacional”, manifestando que “no se puede implantar en nuestro país, como en otros muchos, un régimen para el cual no está preparado” (13).

Las posiciones del PCM y de Lombardo fueron duramente atacadas desde la revista Clave. En el articulo “El XII consejo nacional de la CTM”, partiendo de que aquellos “no aspiran en la actual etapa histórica de México al establecimiento de un gobierno del proletariado”, se planteaba que “Si México no ha adquirido un grado de desarrollo capitalista comparable al de otros países, el país no deja de estar comprendido en el sistema general. Éste ha entrado en periodo de putrefacción. Todos los vaivenes luchas y callejones sin salida de la economía mundial tienen su reflejo en México… substituir la economía capitalista en putrefacción por un sistema proletario es una necesidad general del proletariado mundial. Solo en escala internacional podrá ser resuelto el problema”. Respecto a Lombardo Toledano se concluye que éste “deduce la necesidad de desarrollar en México el capitalismo, poniendo a toda la CTM a la zaga de la burguesía nacional. El resultado será un gobierno que proteja preferentemente los intereses de los capitalistas, sin lograr ni lejanamente aproximarse a los países avanzados” (14).

Revisando con precisión el carácter de la cúpula cetemista, se afirmaba que, aunque la CTM era obrera por su composición social, la ideología de su dirección y los vínculos materiales que la unen a la burguesía, convierten a la misma en “virtualmente un organismo auxiliar de la sociedad capitalista mexicana”, y aducía que era de la misma naturaleza reformista que los sindicatos socialdemócratas en Europa y EE. UU., siendo su misión “mantener al movimiento obrero dentro de los límites convenientes a la burguesía”. Y se concluye que la burocracia sindical “comunista” o lombardista es el agente mediante el que la burguesía “acomoda al movimiento obrero a las exigencias de su estado actual de desarrollo” (15).

En ese contexto, a Trotsky no se le escapaba que Lombardo Toledano, aunque confluyera con la KOMINTERN y con el PCM, tenía bases distintas. Expresando ese análisis, él planteó “Hoy el estalinismo no es más que una variedad del oportunismo clásico pero no hay que olvidar que su centro inspirador es la burocracia soviética. Por esta razón puede entrar en conflicto con el reformismo socialdemócrata y sindical tipo Lombardo, cuyo centro inspirador tiene un abolengo diferente” (16), expresión de las capas sociales mexicanas interpuestas entre el proletariado y la burguesía.

Esta diferencia se expresó en que, si el pacto Hitler-Stalin contó con el apoyo de los PC´s en todo el mundo (y por ende del PCM), el lombardismo, siguiendo los pasos del gobierno mexicano, se alineaba con los llamados imperialismos “democráticos”. Esto se evidenció en los roces y disputas entre el PCM y el lombardismo, que finalmente se dio una organización propia, llamada primero Partido Popular y luego Partido Popular Socia­lista, aunque manteniendo siempre una similitud estratégica en torno a una perspectiva etapista de la revolución.

Durante la estancia de Trotsky, afloró en toda su dimensión el carácter gangsteril del estalinismo nativo. Como escribe Esteban Volkov: “Al recibir Trotsky el asilo en México, el Partido Comunista Mexicano adquiere un papel protagónico de primer nivel en el horizonte estalinista, de inmediato recibe instrucciones de desatar en su prensa y en los sindicatos bajo su control una encarnizada campaña de las consabidas, como habituales calumnias y difamaciones propaladas desde Moscú, contra el organizador del Ejército Rojo, en un intento que afortunadamente resultó vano, para revertir la decisión del Primer Mandatario de México” (17). De igual forma, Lombardo Toledano se convirtió en uno de los promotores de la cancelación de su derecho de asilo desde El Popular; para ese fin, por ejemplo, acusó a Trotsky de estar complotado con la reacción en contra de Cárdenas, lo cual fue negado enérgicamente por aquél.

Todo esto buscaba preparar a la opinión pública para un atentado, y con ese fin arribaron a México distintos representantes de la GPU, como fue –entre otros– Vittorio Codovilla, Vittorio Vidali (por segunda ocasión) y Ramón Mercader, quien sería el autor material del asesinato de León Trotsky. Acallar a éste se volvió urgente para Stalin, en la medida en que, desde su arribo, Trotsky desplegó una enérgica labor para contrarrestar los Procesos de Moscú, mediante el Contraproceso de la Comisión Dewey. Hacia principios de 1940, el revolucionario ruso “observó un crescendo en la campaña de calumnias y difamaciones orquestadas por el Partido Comunista en su contra, al igual que la que realizaba Vicente Lombardo Toledano” (18).

Según evaluaba Trotsky, posiblemente ciertos reparos presentados por un sector de la dirección del PCM hacia la “acción directa”, detonaron una nueva purga que sacudió los estamentos dirigentes del PCM, y terminó con la expulsión de Valentín Campa y Hernán Laborde, quienes hasta ese momento habían impulsado la campaña stalinista. La injerencia de la GPU, bajo órdenes directas de Stalin, transformó aún más al PCM en un dócil instrumento de las intrigas contra Trotsky.

En el clímax de la campaña de calumnias, se fraguó un primer atentado con ametralladoras y bombas de mano, encabezado por el muralista David A. Siqueiros. Luego del fracaso de este ataque, se puso en marcha un segundo plan, consistente en la infiltración de Mercader en la casa de la calle Viena y el artero atentado que acabó con su vida.

Los trotskistas mexicanos y Trotsky

Si los escritos de Trotsky mostraron un análisis crítico del proceso de estalinización y degeneración del comunismo criollo, a la par existió una tradición política de oposición por izquierda al stalinismo, expresada en la joven organización trotskista mexicana.

Los orígenes de la oposición de izquierda en México, a fines de la década de 1920, tienen en la figura del estadounidense Russell Blackwell uno de sus puntos de partida.

Proveniente del Partido Comunista de EE. UU. se integró al PCM: “Blackwell, quien utilizó el nombre de Rosalio Negrete en México, simpatizó con quienes en el Partido Comunista de Estados Unidos tomaron partido por Trotsky en su lucha contra Stalin. Con el establecimiento de la Liga Comunista de América, él comenzó a recibir el periódico de la Liga, The Militant, y otra literatura trotskista” (19). A partir de entonces, reagrupó a distintos militantes del PCM atraídos por las ideas y la lucha de Trotsky y la Oposición de izquierda, al tiempo que ocupaba el cargo de Secretario de Organización dentro de la Juventud Comunista. Desatada la discusión interna en 1929, Negrete fue expulsado del PCM, en una asamblea extraordinaria del Comité Central de la JC, donde estaba presente Vidali. Su labor para organizar un núcleo oposicionista dentro del PCM no cejó, y “continuó trabajando clandestinamente para constituir la Oposición de Izquierda. Para entonces contaba ya en esta tarea con un aliado firme, Manuel Rodríguez, con quien pronto empezaría a elaborar el primer boletín interno en la historia del trotskismo mexicano y con quien intento formar el primer núcleo pro-trotskista en la seno del PCM” (20). Tiempo después, fue deportado a los EE. UU., desde donde continuó colaborando con los oposicionistas mexicanos.

La otra figura que se asocia a los orígenes del trotskismo mexicano es la del cubano Julio Antonio Mella, aunque de forma más controvertida. Siendo uno de los líderes comunistas contra la dictadura de Machado, llega a México en 1926. Incorporado al PCM y desarrollando una labor incansable en el periódico El Machete, en 1928 animó de una oposición a la política sindical de la dirección del PC. Las investigaciones realizadas (destacando la que realizó Alejandro Gálvez Cancino y que recoge Olivia Gall en su libro) y los testimonios recogidos establecen, con fundamento, las simpatías de Mella por las ideas de Trotsky (21). Sus posturas enfatizan, por ejemplo, “la absoluta necesidad de la autonomía organizativa de los trabajadores” (22) en la lucha por la liberación nacional, lo que contrariaba la postura stalinista en esos años. Aunque no podríamos afirmar que Mella compartiese (o conociese) en su totalidad la teoría de la revolución permanente de Trotsky, el hecho es que en varios escritos –y en particular en su crítica al APRA y en la relación entre la lucha antiimperialista y el socialismo– expresa una postura muy similar a las que sostuvieron los oposicionistas dentro de la Comintern (23). A la vez, Mella menciona a Trotsky en sus elaboraciones, y saluda algunos de sus documentos; nadie puede pensar seriamente que aquel no fuera consciente de las repercusiones de esto tendría en la dirección del PCM y de la IC. Aunque la “historia oficial” en torno a Mella no registra ninguna actuación en pos de construir un núcleo oposicionista en el PCM, las elaboraciones mencionadas reúnen testimonios de militantes trotskistas que, cuando menos, permiten poner en duda la versión tradicional, ya que plantean que existían vínculos entre Mella y los primeros movimientos de oposición a la dirección del PCM, y que muestran su conocimiento de la actividad de Negrete. Bernando Claraval, en particular, sostuvo “El primer brote de oposición en México fue Mella, el segundo Blackwell” (24), y sostenía que era contrario a la noción de “construir el socialismo en un solo país”. Galvez presenta el testimonio del trotskista Alberto Martínez, quien afirmaba que Mella viajó a la URSS en 1927, donde se encontró con Andrés Nin, quien le entregó la Plataforma de la Oposición (y que aquel luego obsequió, con la dedicatoria “para rearmar al comunismo” al mismo Martínez). En 1928, Mella fue acusado de “posiciones trotskistas” por Vittorio Codovilla, quien obstaculizó su accionar al interior de Internacional Comunista. Según distintas fuentes, fue expulsado del CC del PCM; y en enero de 1929 fue asesinado en la ciudad de México, debatiéndose aún si esto fue resultado de la acción de los esbirros del dictador cubano Gerardo Machado, o si Julio Antonio Mella es uno de los primeros asesinados a manos del estalinismo fuera de la URSS debido a su disidencia.

Como escribe Gall, para inicios de 1934 existían dos núcleos trotskistas en México. Por una parte, el ya mencionado que reunía a los expulsados del PCM. A la par, surgió otro núcleo en torno a los maestros Luciano Galicia y Octavio Fernández; estos entablaron contacto con los trotskistas norteamericanos, quienes los ganaron para las ideas de la Oposición de izquierda. Fernández contaba que, desde 1932, “algunos números de Comunismo han caído en nuestras manos. Comenzamos a leerlos. Llevando la dirección no de España sino de la Oposición de izquierda en los Estados Unidos, 116 University Place. Escribimos a Nueva York y tomamos contacto con Rosalio Negrete y González. Ellos comenzaron a orientarnos, a decirnos lo que era el stalinismo, el trotskismo y que ellos estaban en una oposición al interior de la Internacional Comunista… nos explicaron las primeras cuestiones y nos enviaron libros. A mí, me enviaron El gran organizador de derrotas y estas fueron para mí cosas definitivas. No sé lo que le enviaron a Galicia. Lo importante es que en 1932 se estableció una correspondencia, un contacto permanente con Nueva York. Los conflictos que conocimos en la Escuela, ligados a la perspectiva del trotskismo y una visión ya amplia de las cuestiones sociales, nos llevaron a concebir el proyecto de publicar un periódico revolucionario y nos hemos lanzado. Hemos sacado una hoja plegada en cuatro, me parece que era Frente Proletario. … nos lanzábamos en la publicación de este periódico, la distribución en la zona de Santa Julia, las fábricas y en todas las calles de la capital. No sé cómo intuitivamente hemos comenzado a desconfiar en la calle, a desplazarnos con cuidado en la noche y a pesar de la vigilancia policial a pegarlos y distribuirlos. Muy rápidamente, la existencia de este Frente Proletario fue conocida por el PC y por el Socorro Rojo que tenían células en Santa Julia, quienes tomaron muy rápido contacto con nosotros y nos invitaron. Desde Nueva York, González nos aconsejaba entrar en el PC y luchar en su interior por las ideas trotskistas”. (25) Dentro del PCM, Fernández-Galicia armaron un círculo disidente, y los acontecimientos de Alemania aceleraron las fricciones con la dirección, hasta que su núcleo fue expulsado en el mes de marzo de 1934.

Para fines de ese año, de la integración y fusión de ambos núcleos, surgió el primer grupo trotskista mexicano: la Liga Comunista Internacionalista, con la que simpatizaba el muralista Diego Rivera. Los años previos a la llegada de Trotsky a México no fueron sencillos. En 1934 la represión arreció, y varios de militantes de la LCI fueron deportados a las Islas Marías. En esos años se editaron varias publicaciones, y en 1935 la LCI sufrió una profunda crisis.

Pero a principios de 1936, por iniciativa de Rivera, se abrió la posibilidad de trabajar en el Sindicato de la Construcción (SUC), donde Fernández dio conferencias sobre diversos temas e inició el reclutamiento para la Oposición de Izquierda. La convicción de reconstruir una organización política revolucionaria anclada en la clase obrera estuvo presente en los años siguientes: “Me presenté al secretario general de este sindicato, Juan R. De la Cruz y a dos o tres dirigentes que habían sido sindicalistas y esto les daba una fisonomía progresista en las cuestiones políticas y sindicales. Estuvieron entusiasmados con lo que les dije de la formación política y me dijeron entonces que tenía carta blanca. Comencé entonces a unirme a las reuniones de las secciones de pintores, albañiles, herreros, yeseros, invitar a los obreros a hablar del movimiento obrero, de la ley federal del trabajo, de la historia de México. Comenzamos y, al cabo de ocho a diez días, yo tenía un grupo de cien a ciento cincuenta jóvenes. Había algunos panaderos, pintores, yeseros, herreros a quienes di conferencias sobre la historia de México, nociones de derecho obrero y luego comencé con las cuestiones políticas, hasta que al cabo de dos o tres meses, empecé a hablar francamente de la IV Internacional y todo el resto. En el sindicato, cuando comencé este trabajo, había alrededor de 600 militantes y sobre esta base invité a los dirigentes del sindicato a formar parte de un grupo de la IV Internacional y estuvieron de acuerdo. Luego organizamos una reunión en la cual participó Ibarra, los Ayala, Galicia, mi hermano Carlos, Benjamín Álvarez, Diego Rivera, Frida Kahlo, Juan R. De la Cruz y de ocho a diez obreros del sindicato de la construcción y allí se decidió crear de nuevo la sección mexicana de lo que iba a ser la IV Internacional.”(26).

La LCI reconstituida privilegió la labor política sobre el SUC, el magisterio y la Casa del Pueblo, nutriendo sus filas de elementos obreros, en un contexto de enfrentamiento constante con el PCM y el lombardismo, quienes “arreglaban a los disparos” los conflictos políticos, lo cual requería la organización de “estos grupos del sindicato de la construcción en grupos de autodefensa. Diego Rivera aportó la plata para comprar las armas y luego todos estuvimos armados. Así, por primera vez de esta manera, fuimos capaces de hacer frente delante de los ataques de los lombardistas y comunistas y el sindicato de la construcción se desarrolló rápidamente, contando casi con diez mil miembros y la fracción que constituía estos grupos de choque eran miembros de la IV Internacional”(27).

A tono con lo que sucedía en otros países donde se intentaba construir una corriente de oposición al estalinismo, el primer grupo trotskista mexicano se formó al calor del enfrentamiento contra los métodos gangsteriles de Stalin, combinando la propaganda con la autodefensa armada.

En el año previo a la llegada de Trotsky, la LCI acrecentó su modesta influencia, en una situación nada fácil por el peso tremendo del PCM y el lombardismo y la ascendencia del cardenismo entre las masas: “en la construcción, nosotros éramos fuertes, con aquellos grupos de choque. […] Nosotros hablábamos con los albañiles: “Nuestro sindicato va a garantizarles esto o aquello” –“Seguramente, respondían, nos vamos a adherir”. Entonces llegaban los pistoleros del PC y de Lombardo. Querían echarnos y nosotros no queríamos irnos. Y nos ganábamos un enorme prestigio. Las personas de la construcción eran excelentes, eran casi campesinos puros que vinieron a la ciudad para buscar trabajo; estaban muy impresionados cuando veían que esto no era solamente palabras, sino que respondíamos también con los actos y nos admiraban […] Es así como se desarrollaba la construcción y ganamos allí muchos militantes excelentes, jóvenes, muy entusiastas, que asimilaban las ideas muy rápido, respondiendo al trabajo. […]” (28), mostrando como elemento destacable la base proletaria del primer grupo trotskista en México.

Con la llegada del revolucionario ruso, iniciaron las fricciones entre éste y Luciano Galicia. En este periodo, las posturas ultraizquierdistas de éste le dieron a la LCI un curso errado que estaba lejos de entender el fenómeno del cardenismo y que la llevó a una fuerte crisis. En junio de 1937 editó un manifiesto donde ante la situación de carestía de la vida, atacaba duramente al gobierno y llamaba a la “acción directa”. Esta política fue condenada por Trotsky, quien rechazó el llamado por concebirlo como ajeno a los métodos de la clase obrera. Escribió, en una carta a Diego Rivera: “¿Qué significa ‘acción directa’? ¿Contra la carestía de la vida, huelgas, sabotaje, boicot, contra los hambreadores del pueblo? Es la primera vez en mi vida que escucho que el sabotaje es un método de lucha obrera. El sabotaje de la producción o de los transportes no significa la baja de los precios, sino el alza. Los farsantes stalinistas acusan a los trotskistas de sabotaje. Nosotros rechazamos esta acusación con indignación. Pero esta proclama de la Liga puede ser y será interpretada como la confirmación de las calumnias y las falsificaciones stalinistas” (29).

Las relaciones entre Trotsky y Galicia se enrarecieron, ya que éste acusaba al “Viejo” de ceder posiciones frente a Cárdenas para no poner en peligro su asilo, y llegó a proponer y hacer votar la “disolución” de la LCI. Fernández, por su parte, junto a un sector de militantes, compartía las posturas de Trotsky. Tiempo después llegó a México el norte­americano Charles Curtiss, con la misión de colaborar en la reorganización de la sección mexicana. Trotsky intervino activamente en los intentos por reencauzar a la LCI, que a inicios de 1939 anunció su reorganización y solicitó su readmisión a la IV Internacional, ya sin Luciano Galicia en su seno, y en septiembre adoptó el nombre de Partido Obrero Internacionalista. Los informes de Curtiss mostraban el reanimamiento de la organización, que editaba dos periódicos y distribuía la revista Clave. La importancia de esta publicación, para los trotskistas mexicanos y latinoamericanos de su tiempo, fue destacada por Fernández: “Se puede afirmar con una absoluta certeza que Clave fue la revista de Trotsky. Ella nació con él y sirvió fundamentalmente a sus intereses. Del principio al fin, él la utilizó para que sirva a sus ideas y a su trabajo. Fue él quien tuvo la idea de una revista en castellano para la educación teórica de aquellos que comenzaban a simpatizar con el trotskismo en América Latina y ella sobrepasó nuestras expectativas. En poco tiempo, nosotros tuvimos tantos contactos que Clave se convirtió en el centro ideológico y el centro de organización naciente del movimiento trotskista en América Latina” (30).

En 1940 los trotskistas impulsaron el desarrollo de una corriente democrática en el magisterio (31). La Oposición Sindical Revolucionaria junto a otros sectores de oposición de toda la república, suscribió un progresivo programa, anti burocrático y de independencia de clase, confrontando con el estalinismo en el Sindicato de maestros (STERM), por lo que fue duramente aplastada por Lombardo y el PC. Al mismo tiempo, desde 1939, habían levantado una política transicional e independiente frente a la carestía de vida; mientras el gobierno impulsaba la formación de comités de precios bajo control estatal y con la colaboración de la burocracia sindical, los trotskistas sostuvieron la lucha por tarifas móviles de salarios y el control de los precios a través de comités revolucionarios, nombrados democráticamente por los trabajadores en asambleas; esto buscaba, partiendo de la lucha contra la carestía, acompañar la experiencia de las masas, impulsando la independencia de la clase obrera y su autorganización.

La evolución de la sección mexicana de la IV Internacional mostró importantes altibajos. Representó el inicio, con todas sus dificultades, de una tradición de lucha contra el stalinismo en México, realizada a contracorriente y de forma heroica. Mientras el PCM y el lombardismo reprodujeron una política de conciliación de clases, los trotskistas se orientaron hacia el internacionalismo proletario y una política obrera independiente. Esto, en un contexto harto difícil por el peso que estos fenómenos políticos, y en particular el cardenismo, tenían en esos años.

Al mismo tiempo, el aporte de Trotsky no puede medirse solamente por el crecimiento cuantitativo de la sección mexicana. Hay que considerar en primer lugar su aportación teórica y estratégica, expresada en las elaboraciones de la revista Clave, que legó, a una generación de marxistas latinoamericanos, elementos para una visión de la revolución en los países de desarrollo capitalista rezagado, plenamente alejada de cualquier mecanicismo.

Esto se manifestó en las elaboraciones sobre el cardenismo y sobre la revolución mexicana, y en las discusiones sostenidas en torno a la revolución permanente en países como México.

La Revolución Mexicana

En Clave fueron publicados dos importantes trabajos, “Problemas nacionales” y “¿Qué ha sido y adonde va la revolución mexicana?”, escritos por Octavio Fernández Vilchis. Particularmente el último, según Olivia Gall, es el resultado de las discusiones con Trotsky.

Fernández presenta la visión de Lombardo Toledano y de Germán Parra, que desde la revista Futuro sostenían, en relación a la revolución de 1910-17, que “entre los hombres que han iniciado este movimiento de libertad y los que lo representan hoy, no sólo no hay divergencias ideológicas profundas, sino que no hay diferencias desde el punto de vista práctico”. Una postura que disolvía la guerra civil que se desató al interior del movimiento revolucionario, y que “nos presenta una revolución que se realiza, no bajo el fuego de la lucha de clases, sino en un medio análogo al que soñaban los idealistas liberales del siglo XIX. Une a Zapata con sus asesinos, a Carranza con los obreros que hizo fusilar”. Una mistificación cuya intención es remontar al pasado la política de conciliación de clases que se propugnaba en los años 30(32).

“¿Qué es y qué ha sido…?” se pregunta por qué, si la burguesía triunfó, en la medida en que reemplazó a la “aristocracia feudo-clerical” dominante durante el largo periodo de Porfirio Díaz, no han sido resueltas las tareas fundamentales de la revolución democrático-burguesa. La tesis es que “es precisamente el retraso histórico de la Revolución mexicana, como en el caso de la revolución de 1917, lo que explica el gigantesco aborto que ha sido la revolución mexicana a pesar de los clamores excesivos de los lacayos criollos de las clases dominantes” (33).

Y es que ésta ocurrió en el interregno entre la vieja revolución burguesa y la revolución proletaria que sería protagonista central del siglo XX, y en una verdadera encrucijada histórica, signada por el inicio de la fase imperialista del capitalismo y por la extensión de las relaciones de producción capitalistas al conjunto del globo. La insurrección campesina y las demandas históricas y estructurales de la revolución democrático burguesa –como la lucha por la tierra– tendían a chocar con la necesidad, compartida por todas las clases dominantes, de preservar el orden capitalista y la propiedad terrateniente, y con el peso creciente del capital imperialista en el país. Esta contradicción condicionó a los principales líderes burgueses y pequeño burgueses.

En ese sentido, la definición de “retraso histórico” que presenta Clave es fundamental para entender la confrontación de clases que cortó, transversalmente, el bloque antiporfirista, ya que abrió una dinámica caracterizada por el enfrentamiento entre quienes representaban los intereses de una burguesía en ascenso, y las masas campesinas. El caso de Francisco I. Madero, quien después del inicio de la revolución ocupó la presidencia, es claro: “en la capital, mientras se festejaba (el triunfo de Madero, N del A) tropas federales y ex revolucionarias eran embarcadas para Morelos, Puebla y Guerrero. La primera medida trascendente del nuevo gobierno fue emprender la ofensiva militar contra los zapatistas y la primera acción fue el intento de asesinar a Zapata en Villa de Ayala” (34). Las acciones de Madero –quien declaraba que “el objetivo del gobierno fue acabar con el bandidaje que bajo la forma de un comunismo agrario amenaza la vida, la honra y la propiedad” (35)– encontraron como respuesta la proclamación del Plan de Ayala por parte de los zapatistas, que acusó a Madero de “traidor a la revolución”, y plasmó programáticamente la lucha por la tierra para los campesinos.

La incapacidad de Madero para conjurar la revolución, impulsó el golpe de Estado de Victoriano Huerta –orquestado por la embajada de EE. UU.– que intentaba aplastar a sangre y fuego la revolución. Durante la fase caracterizada por la lucha entre el nuevo gobierno y el constitucionalismo liderado por Venustiano Carranza (un político burgués proveniente del mismo porfirismo), el conflicto de clase se atenuó, mas no desapareció. El zapatismo mantuvo su guerra contra Huerta con independencia del carrancismo, y la División del Norte dirigida por Francisco Villa comenzó una evolución que lo llevó a confrontar con Carranza y confluir con Zapata.

En esta revolución democrático-burguesa, que llegó tarde a su cita histórica, las contradicciones planteadas emergieron furiosamente en la guerra civil, protagonizada por los ejércitos nacidos de la movilización revolucionaria que sacudió las haciendas, pueblos y ciudades desde 1910. En el momento militar se concentraron los antagonismos de clase existentes y los programas políticos en juego.

En 1914, después de la victoria sobre Huerta, inició un nuevo enfrentamiento en el bando triunfador. Mientras Carranza y los sonorenses Álvaro Obregón y Plutarco E. Calles pretendían limitar la revolución a la reforma del régimen político (en el caso de Obregón concediendo algunas reformas sociales), Villa y Zapata expresaban una tendencia a radicalizar el movimiento y resolver la cuestión agraria. El zapatismo expresó esto en la Comuna de Morelos, sustentada en el pueblo en armas y en la entrega de la tierra a los pueblos, con medidas socializantes en relación a la escasa manufactura existente en el estado de Morelos.

Los límites de la acción del movimiento campesino fueron tratados por Fernández, cuando afirmaba que “La base de la revolución mexicana ha sido el gigantesco incendio campesino, pero los campesinos, incapaces de forjarse una política y una dirección propia, no han sido más que carne de cañón sobre los que se ha elevado la burguesía indígena totalmente nueva” (36). En este sentido, el “retraso histórico” no sólo se reveló en el carácter antirrevolucionario de la burguesía, sino también en que –por las limitaciones del desarrollo capitalista nacional– la clase obrera estaba insuficientemente desarrollada estructural y políticamente, y no pudo asumir un rol revolucionario. Ante la incapacidad de las dos clases fundamentales de la sociedad capitalista, el zapatismo llegó al punto más alto de una política campesina radical, expresada por su programa y su independencia de las distintas facciones burguesas. Pero un programa radical para el campo, aunque pudiera imponerse localmente como en Morelos, requería, para mantenerse y triunfar, de la extensión a las ciudades. Para la resolución de las demandas de las masas agrarias, era imprescindible la alianza con la clase obrera y su triunfo en las ciudades, tanto por motivos políticos como militares –la necesidad de derrotar la ofensiva represiva– como por causas económicas y sociales, esto es, la urgencia de lograr los recursos para perfeccionar la explotación agrícola. Se requería de un aliado capaz de presentar un programa alternativo a escala nacional que se basara, no en la reconstrucción del Estado burgués (como hicieron Carranza y Obregón), sino en la toma del poder y la resolución de las demandas campesinas, obreras y populares. Pero esto no podía surgir del campesinado, una clase heterogénea y dispersa geográficamente, que no contaba con el acceso a los resortes fundamentales de la economía capitalista moderna cuyo desarrollo iniciaba en el país. Para eso, era fundamental la acción de la clase obrera y la alianza obrera y campesina (37).

Como decíamos antes, las concepciones stalinista y lombardista presentaban una revolución burguesa “a secas”, con la intención de justificar una estrategia etapista en donde la tarea pendiente era culminarla bajo una forma democrática y antifeudal, es decir burguesa.

La visión expresada en Clave era muy superior a este intento por encasillar el proceso histórico en una definición vacía y estática, tributaria de una concepción mecánica de la revolución en los países atrasados. Parte de considerar que la vinculación de México con la economía internacional y el incipiente desarrollo del capitalismo en el país, generaron una estructura económica y social caracterizada la oposición de la burguesía y sus representantes a resolver las tareas irrealizadas de la revolución democrática. Eso permite entender la dinámica de un proceso que, empezando por las cuestiones propias de los movimientos democrático-burgueses, asumió una tendencia anticapitalista cuya mayor expresión fue la radicalidad campesina y el enfrentamiento contra el constitucionalismo burgués. La revolución asumió un aire “permanentista”, expresado en la tormenta campesina que enfrentó a los Madero, los Carranza y los Obregón.

Sin embargo, esta tormenta revolucionaria fue contenida. La ya citada carencia de fuerzas sociales capaces de dar una resolución al conflicto de clases desde la óptica de los explotados y oprimidos, fue la causa del “gigantesco aborto de la revolución”.

El constitucionalismo de Carranza y Obregón, aún en sus alas llamadas “jacobinas” (con las que se identificaban Cárdenas o Múgica) jugó un rol antirrevolucionario. Aunque incorporó aspectos parciales de las demandas obreras y campesinas a la constitución (que la convirtió en la más avanzada de América Latina) lo hizo conteniendo el alzamiento de masas, reconstituyendo el estado burgués, e institucionalizando y expropiando la re­volución.

Si la revolución es la emergencia de las masas en la resolución de su destino, el estado posrevolucionario se basó en la subordinación de las masas a las instituciones y la legislación burguesa.

Las elaboraciones de Trotsky y los trotskistas de los años de 1930, basadas en la teoría de la Revolución Permanente, iniciaron una corriente de interpretación de la Revolución Mexicana, alternativa a la concepción estalinista, constituyendo una aportación inmensa para forjar un pensamiento marxista en la América Latina actual.

El Cardenismo y la revolución socialista en México

El esfuerzo por comprender los fenómenos políticos que se desarrollaban en torno al cardenismo y propiciar una orientación correcta para la IV Internacional frente al mismo, estuvo presente en las elaboraciones de Trotsky en el periodo.

El 12 de mayo de 1939 escribía “La industria nacionalizada y las administraciones obreras”, donde explicaba la política cardenista. Allí planteaba: “En los países industrialmente atrasados el capital extranjero juega un rol decisivo. De ahí la relativa debilidad de la burguesía nacional en relación al proletariado nacional. Esto crea condiciones especiales de poder estatal. El gobierno oscila entre el capital extranjero y el nacional, entre la relativamente débil burguesía nacional y el relativamente poderoso proletariado. Esto le da al gobierno un carácter bonapartista sui generis, de índole particular. Se eleva, por así decirlo, por encima de las clases. En realidad, puede gobernar o bien convirtiéndose en instrumento del capital extranjero y sometiendo al proletariado con las cadenas de una dictadura policial, o maniobrando con el proletariado, llegando incluso a hacerle concesiones, ganando de este modo la posibilidad de disponer de cierta libertad en relación a los capitalistas extranjeros. La actual política se ubica en la segunda alternativa; sus mayores conquistas son la expropiación de los ferrocarriles y las compañías petroleras” (38).

Esta conceptualización consideraba, dinámicamente, la relación que en los países semicoloniales se establece entre las clases fundamentales de la sociedad y el imperialismo. La actuación del cardenismo no puede comprenderse por fuera de un contexto internacional donde las potencias imperialistas orientaban sus energías hacia la próxima conflagración mundial, y en el cual –con particular incidencia en América Latina–, la estrella del imperialismo británico iba en declinación en tanto que los Estados Unidos no gozaban de una hegemonía como la que tendrían después de 1945. Esa situación, le permitió a Cárdenas “disponer de cierta libertad en relación a los capitalistas extranjeros” y –basándose en el apoyo de las organizaciones obreras y campesinas– contar con mayores márgenes de maniobra para impulsar medidas como las nacionalizaciones de 1938.

Desde ese ángulo se explicaban las expropiaciones de los ferrocarriles y las compañías petroleras. Éstas, mientras “se encuadran enteramente en los marcos del capitalismo de estado”, representaban una medida “de defensa nacional altamente progresista” (39) frente al imperialismo, de lo cual se desprendía que la clase obrera debían defenderlas ante el ataque de las burguesía imperialista.

Trotsky desplegaba así una actualización de la teoría política marxista, dando cuenta de los nuevos fenómenos políticos y sociales.

Pero eso se hacía partiendo de los puntos basales de la teoría de la revolución en los países de desarrollo capitalista retrasado.

Entendiendo la incapacidad de la burguesía nacional –y aún de sus representantes más progresistas, como Cárdenas– para llevar hasta el final la lucha por esas tareas claves, Trotsky, en una discusión con militantes, afirmaba “la clase obrera de México participa, y no puede sino participar, en el movimiento, en la lucha por la independencia del país, por la democratización de las relaciones agrarias, etcétera. De esta manera, el proletariado puede llegar al poder antes que la independencia de México esté asegurada y que las relaciones agrarias estén organizadas. Entonces el gobierno obrero podría volverse un instrumento de resolución de estas cuestiones” (40).

Para ello era fundamental considerar que esta posibilidad estaba sujeta a la capacidad de la clase obrera de ganarse al campesinado: “… durante el curso de la lucha por las tareas democráticas, oponemos el proletariado a la burguesía. La independencia del proletariado, incluso en el comienzo de este movimiento, es absolutamente necesaria, y oponemos particularmente el proletariado a la burguesía en la cuestión agraria, porque la clase que gobernará, en México como en todos los demás países latinoamericanos, será la que atraiga hacia ella a los campesinos. Si los campesinos continúan apoyando a la burguesía como en la actualidad, entonces existirá ese tipo de estado semi bonapartista, semi democrático, que existe hoy en todos los países de América Latina, con tendencias hacia las masas” (41).

De esta convicción estratégica en el rol de la clase obrera frente a la segura defección de las burguesías en la lucha antiimperialista, se desprendía una orientación general: “la IV Internacional reconoce todas las tareas democráticas del Estado en la lucha por la independencia nacional, pero la sección mexicana de la IV compite con la burguesía nacional frente a los obreros, frente a los campesinos. Estamos en perpetua competencia con la burguesía nacional, como única dirección capaz de asegurar la victoria de las masas en el combate contra los imperialistas extranjeros. En la cuestión agraria, apoyamos las expropiaciones” (42). Pero esto no significaba apoyar a la burguesía nacional, ni confundir la defensa de ciertas medidas del gobierno cardenista ante el ataque de los imperialistas, con la subordinación política al mismo. Como decíamos antes, para Trotsky las nacionalizaciones cardenistas y la reforma agraria “desde arriba” estaban enteramente dentro de los marcos del capitalismo de estado; y no veía en las mismas el camino para la construcción del socialismo en México, razón por la cual afirmaba que “para los marxistas no se trataba de construir el socialismo con las manos de la burguesía, sino de utilizar las condiciones que se presentan dentro del capitalismo de estado y hacer avanzar el movimiento revolucionario de los trabajadores” (43). Por eso propugnaba, como una cuestión central para impulsar la lucha por el socialismo, “la independencia del proletariado (que) incluso en el comienzo de este movimiento, es absolutamente necesaria”, por lo cual planteaba que era fundamental conservar “la independencia íntegra de nuestra organización, de nuestro programa, de nuestro partido, y nuestra plena libertad de crítica” (44).

Partiendo de la necesidad de luchar por la independencia del movimiento de los trabajadores respecto a la burguesía nacional, no embellecía la tutela que el cardenismo ejercía sobre los sindicatos. En México, éstos “se han transformado por ley en instituciones semiestatales, y asumieron, como es lógico, un carácter semitotalitario” (45), criticando así su estatización e incorporación al PRM. Y afirmaba que los gobiernos de los países coloniales o semicoloniales, asumen en general un carácter bonapartista o semibonapartista, lo cual está determinado tanto por la presión del capital extranjero como por la acción de las clases sociales en pugna, siendo que “difieren entre sí en que algunos intentan orientarse hacia la democracia, buscando el apoyo de obreros y campesinos, mientras que otros implantan una cerrada dictadura policíaco militar” (46). El carácter bonapartista de los gobiernos semicoloniales se expresaba también en la dinámica que adquiere la relación con los sindicatos: “o están bajo el patrocinio especial del estado o sujetos a una cruel persecución. Este tutelaje del estado está determinado por dos grandes tareas que éste debe encarar: en primer lugar atraer a la clase obrera, para así ganar un punto de apoyo para la resistencia a las pretensiones excesivas por parte del imperialismo y al mismo tiempo disciplinar a los mismos obreros poniéndolos bajo control de una burocracia” (47).

Ante eso, era fundamental comprender que la administración obrera de las empresas nacionalizadas auspiciada por el gobierno, “no tiene nada que ver con el control obrero de la industria, porque en última instancia la administración se hace por intermedio de la burocracia laboral, que es independiente de los obreros pero depende totalmente del estado burgués” (48).

Y continuaba Trotsky, en un texto que es demoledor frente a la subordinación del estalinismo y al embellecimiento que muchas elaboraciones han hecho del cardenismo: “Esta medida tiene, por parte de la clase dominante, el objetivo de disciplinar a la clase obrera, haciéndola trabajar más al servicio de los intereses comunes del Estado, que superficialmente parecen coincidir con los de la propia clase obrera. En realidad la tarea de la burguesía consiste en liquidar a los sindicatos como organismos de la lucha de clases

y sustituirlos por la burocracia como organismos de dominación de los obreros por el estado burgués” (49).

La culminación es evidente: la tarea de los trabajadores conscientes es luchar por la independencia plena de sus organizaciones y “por la creación de un verdadero control obrero sobre la actual burocracia sindical, a la que se entregó la administración de los ferrocarriles, de las empresas petroleras y demás” (50).

La caracterización correcta del gobierno cardenista y un programa para luchar por las tareas motoras de la revolución (como expresan, por ejemplo, sus comentarios sobre el Plan Sexenal) eran requisitos para la lucha por la revolución socialista. De igual forma, consideraba necesario acompañar la experiencia de los trabajadores y las masas, pero eso debía hacerse –aun en los casos en que se trataba de medidas de enfrentamiento con el imperialismo–, preservando la independencia organizativa y programática (51). Esto –la independencia de los marxistas revolucionarios– era fundamental para que la clase obrera pudiera convertirse en clase dirigente de la revolución socialista y resolver las aspiraciones de las amplias mayorías, que –como mostró el giro conservador de los últimos meses del cardenismo y más aun los gobiernos posteriores– no podría ser resuelto por el nacionalismo burgués. Como planteaba Clave, aunque la revolución empiece impulsada por las tareas democráticas más elementales, “en su conjunto, terminará con la toma de poder por el proletariado, se transformará sin solución de continuidad en revolución socialista” (52). Este era el camino para, en palabras de Trotsky, “completar la obra de Emiliano Zapata” (53).

Importancia y actualidad de los escritos latinoamericanos

Las elaboraciones de Trotsky y sus compañeros y colaboradores están lejos de constituir meras “curiosidades” historiográficas.

Por una parte, muestran la existencia de una corriente teórico-política alternativa a las elucubraciones del estalinismo mexicano en sus distintas variantes. La riqueza de sus elaboraciones, su fino manejo de la dialéctica materialista aplicada al análisis de los trazos gruesos de la historia de México y América Latina, su explicación de las bases estructurales de la política cardenista y su definición de las fuerzas de clase existentes en el mundo semicolonial y de su potencialidad, es evidente.

De igual forma, los escritos latinoamericanos de Trotsky, compilados en el presente volumen, no son artículos sueltos en su obra general: representan un momento en el enriquecimiento de su teoría de la revolución en los países de desarrollo capitalista rezagado.

Son una unidad temática que se fue construyendo, y donde se destacan, a nuestro entender, el análisis de la revolución mexicana y sus perspectivas bajo la lógica de la Teoría de la Revolución Permanente (esto es, la relación entre las tareas de la revolución democrática, la clase obrera y el socialismo), la conceptualización del cardenismo y su política en 1938, y el análisis de la estatización de los sindicatos en la época imperialista. En este proceso –que no respondió a un plan de trabajo preconcebido, sino que adquirió la forma de artículos y memorándums–, otros allegados se incorporaron a la elaboración, como lo muestran los artículos de Octavio Fernández y de distintos militantes y simpatizantes, siendo Clave. Tribuna Marxista un eslabón fundamental, aunque poco conocido, en el desarrollo del marxismo revolucionario en América Latina. Como se puede comprobar leyendo esta importante compilación que publica Ediciones Iskra y la LERQI, el pasaje de Trotsky por México dejó un importante legado teórico y político.

Lamentablemente, la crisis de la organización trotskista durante los años de 1940, y la casi desaparición del trotskismo en México en las dos décadas siguientes, evitó que el legado de los “Escritos latinoamericanos” se difundiera en la clase obrera y la intelectualidad de izquierda quedando, como versión “oficial” de esta historia, la presentada por el estalinismo y el reformismo. Será recién en los años de 1960 y 1970 cuando surgirán en México organizaciones que se reclamaban trotskistas, y en cuyo seno se dará una elaboración sobre la revolución mexicana y el cardenismo alternativa a la explicación estalinista o “nacionalista revolucionaria”, como fueron las obras de Adolfo Gilly, Manuel Aguilar Mora o Arturo Anguiano, entre otros. Independientemente de que algunos de sus postulados merezcan ser reevaluados, su importancia es inmensa y constituyen puntos de referencia ineludibles a retomar dialécticamente en el presente.

Por otra parte, los “Escritos latinoamericanos” no sólo son pertinentes para explicar los procesos históricos referidos, sino que ofrecen importantes herramientas y formular un programa para el presente, actualizado y enriquecido considerando las transformaciones en el capitalismo actual en América Latina. El análisis de la revolución mexicana brinda pistas fundamentales para entender la historia y la dinámica de nuestros países en el siglo XX y hasta el presente. La conceptualización del bonapartismo sui generis, así como la necesidad de no confundir la lucha contra los ataques imperialistas a determinadas medidas de defensa nacional con subordinarse políticamente al cardenismo, nos permite abordar con más pertrechos la actitud a tener ante gobiernos como el de Chávez, y articular dialécticamente el enfrentamiento a los ataques del imperialismo con una ubicación política independiente, algo que muchos olvidan, para terminar subordinados al chavismo o integrados a sus organizaciones.

De forma similar, la articulación planteada por la revista Clave entre las demandas estructurales y una estrategia que apunte hacia la toma del poder y la expropiación de los terratenientes y capitalistas, es importante para pensar la dinámica de la próxima revolución en Brasil, Bolivia o México, y para fundamentar la necesidad de un partido obrero revolucionario que lleve dicha estrategia hasta el final. Finalmente, las elaboraciones sobre la estatización de las organizaciones obreras, ayudan a la definición de un programa para que la clase obrera latinoamericana recobre sus organizaciones y se ponga a la altura de las necesidades que la actual crisis económica plantea.

En las condiciones que vive actualmente nuestro subcontinente, los Escritos son una obra fundamental para los obreros y jóvenes conscientes. Hoy que la clase obrera tiene un desarrollo muy superior al que existía en los años de 1930, y cuando nadie puede dudar en torno a su potencialidad objetiva; en momentos en que los gobiernos de la clase dominante descargan la crisis económica sobre las espaldas de los trabajadores y campesinos, se reactualiza la tesis –que inspiró a Trotsky y sus colaboradores durante esos años– de que sólo la clase obrera latinoamericana, en alianza y acaudillando a los demás oprimidos del campo y la ciudad, puede dar una salida favorable a las demandas estructurales de nuestros países. Que eso implica la lucha por el poder político, requisito para quebrar las cadenas de la dominación imperialista e imponer la reforma agraria radical, expropiar la industria y el conjunto de los resortes fundamentales de la economía, y avanzar hacia la construcción de una sociedad sin explotadores ni explotados, basada en organismos de autodeterminación democrática de las masas, que tomen en sus manos la planificación de todos los órdenes de la vida económica, política y social. Eso –que no es otra que la perspectiva socialista que Trotsky concebía como la “culminación de la obra de Emiliano Zapata” – requiere construir una organización política revolucionaria, y sostener una práctica internacionalista, donde la lucha nacional es parte de una estrategia para extender la revolución socialista al conjunto de la región y a nivel internacional.

¡Qué vigencia que conservan, entonces, las palabras de Trotsky, cuando afirmaba que “nuestro proletariado debe entrar firmemente en la escena histórica para tomar en sus manos el destino de Latinoamérica y asegurar su futuro. El proletariado unificado atraerá decenas de millones de campesinos indoamericanos, eliminará las fronteras hostiles que nos dividen y nucleará a las veinticuatro repúblicas y posesiones coloniales bajo las banderas de los Estados Unidos Obreros y Campesinos de Latinoamérica… ¡Obreros revolucionarios de América Latina, ustedes tienen la palabra!”(54).

Hoy como ayer, sólo la revolución obrera y socialista podrá sacar a nuestros pueblos de la explotación, la miseria, y la opresión imperialista. La obra teórico-política de Trotsky sobre América Latina, constituye un punto de referencia ineludible para construir una organización, una estrategia y un programa que luche incansablemente por esa perspectiva.

México DF, 20 de junio de 2009.

BIBLIOGRAFÍA DE CONSULTA

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Fernández, Octavio, “Octavio Fernández recuerda (Entrevista realizada por Olivia Gall en agosto de 1982)” en Boletín electrónico del CEIP [Online] en http://www. ceip.org.

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León Trotsky, Naturaleza y dinámica del capitalismo y la economía de transición (compilación), Buenos Aires, CEIP, 1999.

Notas:

* Publicado original con el título “Trotsky en México”, Prólogo a la edición brasileña de Trotsky, León, Escritos Latino-americanos (compilación), San Pablo, Edicoes Iskra, 2009.

(1) Trotsky, León, “En el Atlántico”, 28 de diciembre de 1936, publicado originalmente en Fourth International, junio de 1941, donde apareció bajo el título de ’’Páginas del diario personal de Trotsky’’. Tomado de Trotsky, León, Escritos 1929-1940, Buenos Aires, CEIP, 2000 (edición en CD), también disponible en http://www.ceip.org.ar/escritos (consultada el 18 de junio de 2009).

(2) El PNR se convirtió en el Partido de la Revolución Mexicana en 1938, y en el Partido Revolucionario Institucional, en 1946.

(3) Anguiano, Arturo, El Estado y la política obrera del cardenismo, México D. F., Era, 1984, pág. 36.

(4) Ibídem, pág. 46.

(5) Ibídem, pág.50.

(6) José Revueltas, años después de romper con el PCM, dirá que este partido aparece “asumiendo la ideología democrático burguesa de la Revolución Mexicana, de la reforma agraria… el partido destaca a todos sus militantes en la lucha campesina, y se convierte de hecho en la vanguardia de la revolución agraria burguesa, en el sector de izquierda de la revolución democrático burguesa; esto le señala su destino durante todo el periodo de franco oportunismo que va de los años 20, 23,24 hasta 1929”, Entrevista con José Revueltas, 11 de agosto de 1972, en Pacheco Méndez G., Anguiano Orozco A. y Vizcaíno R., Cárdenas y la izquierda mexicana: Ensayos, testimonios, documentos, México D. F., Juan Pablos Editor, 1975, pág.183.

(7) El autor antes citado menciona que “el movimiento comunista, a título de una falsa politización de la clase obrera y de la participación en las elecciones… concentró el fuego contra estos (los anarcosindicalistas) como si fueran el enemigo principal, sin comprender, repito, el hecho sumamente importante de que el anarcosindicalismo representaba la independencia de la clase obrera”, en ibídem, pág.182.

(8) Como fue el caso de la solidaridad comunista con el gobierno de Álvaro Obregón ante la rebelión delahuertista a fines de 1923, y el apoyo político a Plutarco Elías Calles en las elecciones de 1924.

(9) Esta política, bautizada como “del tercer periodo”, tuvo su máxima expresión en Alemania, donde el KPD se negó al frente único de las organizaciones obreras comunistas y socialdemócratas contra el nazismo, equiparando a los obreros socialdemócratas con el fascismo (acuñando el triste término de social-fascismo) y permitiendo el ascenso de Hitler sin que el proletariado presentase batalla. La misma era el correlato internacional del giro ultraizquierdista de Stalin en la URSS, donde, mediante la catastrófica colectivización forzosa enfrentó el crecimiento de los elementos pro capitalistas en el campo y la ciudad; esto último fue el resultado directo de su política económica y social desde 1923 (sintetizada en la frase de Bujarin de “campesinos, enriqueceos!”), protagonizando unos de los zig-zags más trágicos y costosos para la clase obrera rusa y mundial. Para ver los planteamientos de Trotsky y la Oposición de Izquierda rusa, que desde 1923 propusieron una política para fortalecer el estado obrero y soldar la alianza obrero-campesina, en intima conexión con una política internacional para extender la revolución socialista, ver León Trotsky, Naturaleza y dinámica del capitalismo y la economía de transición (compilación), Buenos Aires, CEIP, 1999.

(10) Anguiano, Arturo, op.cit, pág 108.

(11) Ibídem, pág.113.

(12) Ibidem, pág. 114.

(13) Ibídem, pág.121.

(14) Sin firma, “El XII consejo nacional de la CTM”, Clave N. º 7, Segunda Época, marzo de 1940 en Trotsky León, Escritos Lati­noamericanos, Buenos Aires, CEIP, 2007, págs. 284.

(15) Ibídem, pág. 289.

(16) Ibídem, pág.290.

(17) Volkov, Esteban, “Presentación”, en Trotsky, León, Los Gangsters de Stalin, México DF, Museo Casa León Trotsky–LUS-Fundación Federico Engels, 2009, págs. 6-7.

(18) Ibídem, pág. 7.

(19) Alexander, Robert J, Trotskysm in Latin America. California, Stanford University Press, 1973, pág. 179.

(20) Gall, Olivia, Trotsky en México, México D. F., Era, 1991, pág.55.

(21) Véase Gálvez Cancino, Alejandro, “L´auto-absolution de Vidali et la mort de Mella” en Cahiers León Trotsky, Nro.26, junio de 1986.

(22) Citado por Gall, Olivia, op.cit., pág.55.

(23) En particular habría que considerar algunas de las posiciones de Mella en torno al proceso político cubano. Para un comentario crítico sobre estas posturas, véase Dal Maso, Juan, “La ilusión gradualista” en Lucha de clases N.º 7 (segunda época), Buenos Aires, Ediciones IPS, 2007, págs.109-130.

(24) Citado por Gall, Olivia, op.cit., pág.50.

(25) Fernández, Octavio, Octavio Fernández recuerda (Entrevista realizada por Olivia Gall en agosto de 1982) en Boletín electrónico del CEIP [Online], http://www.ceip.org.ar, consultado el 18 de junio de 2009.

(26) Ídem.

(27) Ídem.

(28) Ídem.

(29) Trotsky, León, “Ruptura con la sección mexicana” (carta a Diego Rivera), 12 de junio de 1937, en Trotsky León, Escritos Latinoamericanos, Buenos Aires, CEIP, 2007, pág.72-73.

(30) Fernández, Octavio, op.cit.

(31) Ver Pacheco Méndez G., Anguiano Orozco A. y Vizcaíno R., op. cit.

(32) Fernández, Octavio, “¿Qué ha sido y adonde va la revolución mexicana?”, México D. F., Clave N. º 3-4, Segunda Época, noviembre-diciembre de 1939, en Trotsky León, Escritos Latinoamericanos, Buenos Aires, CEIP, 2007, pág. 266.

(33) Ibídem, pág.268.

(34) Pineda Gómez, Francisco, La revolución del sur 1912-1914. México D.F. , Era, 2005, pág.43.

(35) Ibídem.

(36) Fernández, Octavio, op.cit., en Trotsky León, op.cit., pág. 268.

(37) Se planteaba en otro artículo: “Este atolladero histórico se expresó también en las formas que asumió el conflicto de clases donde, mientras se dio una verdadera guerra civil basada en la acción de las masas agrarias (la más violenta y cruenta que conoció América Latina durante el siglo pasado), al mismo tiempo hubo carencia de las formas características de los procesos revolucionarios del siglo XX, como la huelga política y la insurrección, las cuales necesariamente van vinculadas a la existencia de un movimiento obrero que tienda a la acción revolucionaria, un factor ausente en esos años”, Juárez Martín, “Apuntes para una interpretación de la revolución mexicana”, en Estrategia Internacional, N.º 24, Buenos Aires, Fracción Trotskista, 2007, pág. 245.

(38) Trotsky, León, “La industria nacionalizada y la administración obrera”, publicado sin firma en Fourth International, agosto 1946. Tomado de Trotsky León, Escritos Latinoamericanos, Buenos Aires, CEIP, 2007, pág. 170.

(39) Ibídem, pág.171.

(40) “Discusión sobre América Latina”, 4 de noviembre de 1938. Resumen estenográfico de una discusión entre Trotsky, Curtiss y otros militantes, publicado originalmente en Trotsky, León, OEuvres, Tomo 19, 1985. Tomado de Trotsky León, Escritos Latinoamericanos, Buenos Aires, CEIP, 2007, pág. 135.

(41) Ibídem.

(42) Ibídem.

(43) Trotsky, León, “La industria nacionalizada y la administración obrera”, op.cit., pág. 171.

(44) “Discusión sobre América Latina”, op.cit., pág. 136.

(45) Trotsky, León, “Sobre los sindicatos”, en Trotsky León, Escritos Latinoamericanos, Buenos Aires, CEIP, 2007, pág. 177.

(46) Ibídem, pág.180.

(47) Ídem.

(48) Ibídem, pág.182-183.

(49) Ibídem, pág.183.

(50) Ídem.

(51) Como se plantea previamente en la cita textual referenciada con la nota 43.

(52) Fernández, Octavio, “¿Qué ha sido y adonde va la revolución mexicana?”, op.cit., pág.269.

(53) Trotsky, León, “Algunas notas previas sobre las bases generales para el segundo plan sexenal en México”, en Trotsky León, Escritos Latinoamericanos, Buenos Aires, CEIP, 2007, pág. 159.

(54) Trotsky, León, “Algunas notas previas sobre las bases generales para el segundo plan sexenal en México”, en Trotsky León, Escritos Latinoamericanos, Buenos Aires, CEIP, 2007, pág. 159.

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