Reflexiones sobre la lucha de clases y la estrategia política de la izquierda en México

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Como planteamos en un artículo reciente, durante el último lustro, Mexico trascendió por los duros efectos de la barbarie capitalista. El grado de descomposición del capitalismo semicolonial se hizo notar, sórdidamente, en los más de 125,000 muertos y desaparecidos, y en un avasallamiento de las libertades democráticas más elementales como resultado de la militarización creciente del país.

Sin embargo, todo comenzó a cambiar en el mes de agosto.El verano trajo consigo un alza de la lucha de clases, preanunciando el umbral de un nuevo periodo. La rebelión de las bases magisteriales contra la reforma educativa se combinó en el tiempo con la movilización de amplios sectores de la población ante la reforma energética, y suscitó un nuevo despertar del movimiento estudiantil universitario. Ante la reacción imperante en los años previos,  sobrevino un despertar de la lucha de clases. Aquí queremos profundizar algunos elementos necesarios para pensar la estrategia política de la izquierda socialista y revolucionaria.

El nuevo PRI, el viejo PRI

Después del fin de las movilizaciones del #Yosoy132 contra el triunfo de EPN y de la toma de posesión del mexiquense, el posicionamiento político ciertamente aggiornado ensayado por Peña Nieto preanunciaba un ensanchamiento de su base política, instrumentalizada en función de su agenda de reformas estructurales. Medidas como la ley de telecomunicaciones lograron cierta simpatía de algunos intelectuales antes progresistas, en tanto que el encarcelamiento de Elba Esther Gordillo generaba una ola de simpatía en amplios sectores políticos y sociales. Sin embargo, la realidad mostró al gobierno pasándose de la raya: si la (contra)reforma laboral no encontró una fuerte respuesta obrera, la imposición de la (contra)reforma educativa despertó un polvorín de la lucha de clases. ¿Buscaba EPN un efecto similar al logrado por Calderón, cuando asestó un duro y sorpresivo golpe a los electricistas del SME que generó desánimo en amplios sectores del pueblo trabajador? Así parece. Peña esperaba que una acción rápida y el fuerte capital político que traía atrás, provocasen una acelerada rendición del magisterio. Pero el resultado de la jugada priista fue en cambio la dilapidación apresurada de su capital político y una pérdida de legitimidad social, volviendo a la “normalidad” que se adelantó en el segundo semestre del 2012: esto es, a que el regreso del priísmo catalizó y concentró en su contra el descontento de amplias capas obreras, populares y de las clases medias. Aún con la reforma educativa promulgada, el gobierno de Peña es –a menos de un año de su llegada–, una institución odiada por amplios sectores de la población, que ha debido lidiar con uno de los procesos de la lucha de clases más importantes de la última década. Cada paso dado en la agenda de reformas estructurales tiende a recortar su base de apoyo, y cada vez deberá recostarse más en el aval de sus socios del Pacto por México, lo cual es un camino sinuoso y plagado de complejidades, ya que el PRD deberá también tener en cuenta los costos políticos que esto le acarrea, y nadie puede asegurar cuanto se mantendrá dicho acuerdo. Algo que sin duda no es del agrado de quien buscaba encabezar el nuevo reinado del PRI de los juniors y los tecnócratas.

Si la arriesgada jugada de EPN tiene consecuencias para el PRI, la causa profunda de esto hay que buscarlo en una contradicción que está en la base de la transición política mexicana. Por una parte, que la misma y su concreción en el año 2000, no expresó una renovación de las instituciones de la democracia burguesa y una luna de miel entre las masas y la idea de la democracia recobrada, sino que fue el intento de reciclar el régimen de dominio en condiciones políticas, sociales y económicas cada vez más degradadas. Íntimamente vinculado a ello, que el PRI que llegó al gobierno no es visualizado como un partido de “oposición”. Es el partido que en los hechos ha cogobernado con el panismo durante 12 años y administrado la política de la “alternancia democrática”, con igual o mayor peso institucional; una continuidad que se mantuvo durante mas de una década, respecto al “viejo” PRI que dejó Los Pinos el 1 de septiembre del 2000. Para millones, los rasgos más antidemocráticos y autoritarios que persisten del viejo priato fueron encarnados durante los últimos doce años por el tricolor. No es casual que el #Yosoy132 surgiese al grito de “Atenco no se olvida” y que se orientase contra el dinosaurio que, no sólo estaba allí, sino que volvía a la vieja y añorada silla presidencial. Contradicción profunda entonces; un partido largamente odiado que no pudo “reciclarse” ni realizar un proceso de transformismo, y que ahora, encumbrado en el poder, concentró el encono de amplios sectores del movimiento obrero, popular y de la juventud. Lo que evidencia el PRI es en realidad una manifestación de los límites de la transición democrática: una transición que mantuvo las viejas estructuras antidemocráticas, que en un contexto de decadencia capitalista no pudo más que ensayar algunos cambios formales, conservando no sólo lo esencial sino también lo más odiado del viejo priato.

¿Cuál es el futuro del PRI y la dinámica de su gobierno? Sin duda dependerá, y mucho, de la lucha de clases. Sin embargo, difícilmente logre generar una legitimidad amplia entre la población. Es más probable que se convierta en un poderoso imán que atraiga el descontento y, porqué no, el despertar del México bronco y profundo.

Procesos profundos, anticipos de lo que vendrá

Lo que vimos durante agosto y septiembre no puede ser tratado de forma anecdótica, ni tampoco ser minimizado superficialmente por el hecho de que la lucha de clases entró ciertamente en una meseta en las últimas semanas, como consecuencia de la falta de una estrategia política para reorganizar la lucha magisterial. En ese contexto, hay que considerar si lo que vimos son procesos profundos, anticipatorios de lo que vendrá.

La lucha magisterial tuvo, como planteamos en el artículo citado, características avanzadas: no sólo la radicalidad de las acciones sino su extensión nacional, incorporando sectores tradicionalmente controlados por el charrismo imperante en el SNTE. No es exagerado si decimos que vivimos uno de los momentos más álgidos de la lucha de clases de la última década y media en México, que vino a quebrar el periodo de estancamiento de la acción de los explotados y oprimidos, el cual se abrió después de la funesta derrota del SME en el 2009/2010 y que el régimen político aprovechó para avanzar con la militarización del país y el avasallamiento de las libertades democráticas de la población.

Analizando con perspectiva histórica los procesos en curso, hay que decir que en los últimos 13 años de la lucha de clases y previo a la nueva insurgencia magisterial (como la denominaron los mismos profesores), lo que se mostró fue, por una parte, procesos democráticos y de protesta política y social localizados en el centro del país, donde se notó el predominio de las direcciones burguesas y pequeñoburguesas –como el PRD y López Obrador– o del reformismo sindical. Ejemplo de ello fueron las movilizaciones contra las reformas impulsadas por el panismo (como fue el caso de los trabajadores del Seguro Social) o ante el fraude del 2006. Por otra parte, los procesos más radicales en los métodos y en la conciencia de la vanguardia actuante se restringieron a los estados, como fue el caso de la Comuna de Oaxaca primero, o la rebelión obrera de Sicartsa, en Lázaro Cárdenas Michoacán. En ese sentido, la lucha magisterial es la primera lucha obrera en mucho tiempo que –aunque restringida a un sector del movimiento obrero– generó una profunda conflictividad social en el centro neurálgico del país, poniendo en juego métodos de lucha radicales, a la par que se extendió por toda la república y tiño la vida política y social del país durante varios meses. Por añadidura, la participación explícita de las direcciones políticas burguesas fue sin duda menor a procesos previos ya mencionados; en tanto que la confrontación con el charrismo del SNTE por una parte, y los cuestionamientos a la dirección de la CNTE por la otra, expresaron -qué duda cabe- un avance importante en la subjetividad de sectores del magisterio.

Junto a esto, hay que considerar que la protesta magisterial se enmarca en un momento claramente distinto a otros procesos de la lucha de clases en las décadas previas. Las luchas magisteriales de fines de los ‘70 y ‘80 fueron parte de los últimos estertores de la resistencia obrera y popular antes del reinado neoliberal en México. Durante la década pasada, los procesos de la lucha de clases se dieron en un momento en que la “transición democrática” todavía contaba con cierto margen de legitimidad. El fraude del 2006 planteó el inicio de la deslegitimación política del régimen, pero los efectos del desvío de la movilización encabezada por AMLO primero y de la derrota del SME después, generaron una correlación de fuerzas que fue todavía favorable a la clase dominante.

La lucha magisterial se da en un contexto donde a los nubarrones en la economía se suma el despliegue de un amplio sentimiento de oposición política con el nuevo gobierno. Esto último se expresó también en dos cuestiones cruciales. Por una parte, el resurgir del movimiento estudiantil, que con paros, asambleas, y miles de brigadistas acuerpó la lucha magisterial en su momento más crítico –el desalojo del 13/9–. A 14 años de la huelga de la UNAM, una nueva generación estudiantil comenzó a levantar cabeza; el odio al PRI y la solidaridad con la CNTE despertó este amplio movimiento. Y, junto a esto, en las decenas de miles que se han manifestado contra la entrega de PEMEX a las transnacionales, en lo que puede convertirse en una verdadera causa nacional contra el gobierno y el imperialismo.

En la dinámica y las características de la lucha magisterial, así como en el sentimiento antiburocrático que se hizo oir, se vislumbran las tendencias a la emergencia de un movimiento obrero combativo, disruptivo con el conservadurismo acuñado por años de reinado de las direcciones sindicales burocráticas “opositoras” u “oficialistas”. Las condiciones para la emergencia de un nuevo periodo de la lucha de clases se empiezan a mostrar.

 Una orientación audaz para poner en pie una izquierda de los trabajadores y la juventud combativa

 Si las tendencias tradicionales de la izquierda que en México se reclaman marxistas revolucionarias han quedado mermadas, eso no puede adjudicarse –como hacen algunos de forma cómoda– al reinado neoliberal. Sino que es más bien la consecuencia de una larga historia de adaptación a direcciones burguesas y reformistas, como fue primero el PRD y luego el EZLN. En los procesos más recientes, vimos lo propio por ejemplo respecto a la dirección del SME, y en el caso del magisterio respecto a la dirección de la CNTE. Ni hablemos de quienes vegetan al interior del Morena, continuando lo que hicieron antes en el PRD.

Sin duda, una tarea para el presente es encontrar las vías para reconstruir el marxismo revolucionario en México. De lo que se trata es de construir una izquierda de los trabajadores y la juventud combativa, que en los procesos de la lucha de clases proponga y pelee por una política revolucionaria, que no se adapte a las direcciones existentes y que luche por construir corrientes clasistas en el movimiento obrero que enfrenten al reformismo y el populismo en los sindicatos. Si hay algo que aportamos con nuestra participación en la lucha del magisterio, es haber peleado a brazo partido –no sólo propagandisticamente, sino en Encuentros y asambleas– por una política alternativa a la dirección de la CNTE. Sin eso, nadie puede autodenominarse como una izquierda revolucionaria. Eso es lo que desde la LTS y Nuestra Clase hicimos: nuestra práctica –siendo aún una corriente joven en el magisterio– contrastó enormemente con la “izquierda” que en los años previos y en el presente mismo se adaptó a los cuerpos orgánicos de la burocracia sindical.

Esta intervención en la lucha de clases es parte de la tarea de poner en pie una nueva organización política nacional, socialista y revolucionaria, que sea capaz de insertarse en las grandes concentraciones obreras en distintos estados del país, donde miles de proletarios mueven las cuantiosas inversiones de las transnacionales, por ejemplo en el caso de la industria automotriz, de electrónicos, etcétera. Que llegue a universidades y colegios de todo México, así como a los cientos de miles de jóvenes que no tienen acceso a la educación y que estan desempleados o son la mano de obra precarizada de la patronal esclavista. Desde la LTS hacemos esta apuesta estratégica y la llevamos adelante, partiendo del enorme capital político que significa haber mantenido en alto las banderas del marxismo revolucionario cuando muchos lo abandonaban abiertamente o se iban atrás del PRD, del EZLN o de –en el movimiento estudiantil– de las corrientes “moderadas” como fue en la huelga de la UNAM o en el #Yosoy132. Y que partiendo de haber confluido con una nueva generación de trabajadores y de jóvenes durante los últimos meses, con los que estamos impulsando el Movimiento de Trabajadores Socialistas.

Se requiere de una orientación renovada, audaz, para construir una alternativa socialista y revolucionaria, con el claro objetivo de intervenir en un nuevo escenario de la lucha de clases que, en los próximos años, probablemente moverá a México desde sus cimientos.

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