La reforma de Pemex: vasallaje, entrega y recolonización imperialista

Con la aprobacion de la reforma enérgetica en el Congreso, se ha dado un duro golpe al conjunto del pueblo oprimido y explotado de México. Como se ha denunciado ampliamente, la reforma abre las puertas para un salto en la penetración de los capitales en el sector energético, y las consecuencias de esta privatización en los hechos, de los hidrocarburos, se verán en los próximos años. Entra en los anales largamente poblados de infamias y entregas de la historia de México. Es un avance sólo comparable –en las decadas recientes– al Tratado de Libre Comercio, mediante el cual México se convirtió en una plataforma comercial e industrial de la estructura productiva yankee, y que supuso profundos cambios en el terreno económico y social.

Los modernos herederos de Santa Anna y Porfirio Diaz

Los partidos de la burguesía mexicana han mostrado con creces su carácter absolutamente subordinado y vasallo del imperialismo, “dignos” herederos de Antonio López de Santa Anna y Porfirio Díaz. Sin duda el PAN y el PRI –que modificó hasta sus estatutos para no tener ningun obstaculo formal– actuando como el “despacho legal” de las grandes trasnacionales, pueden aspirar con “orgullo” a ocupar el lugar de ser los más entreguistas dentro del amplio espectro de partidos burgueses latinoamericanos que le rinden pleitesía al amo del norte. La joya de la corona: los hidrocarburos y otras formas de riqueza energética, así como concesiones por décadas para la explotacion del rico subsuelo mexicano. 75 años despues de la expropiación de las compañias petroleras, el largo recorrido por el que el capital trasnacional fue avanzando sobre el sector energético (que fue perdiendo progresivamente su carácter nacional) parece tener en la infame votación del Congreso uno de sus puntos de llegada.

Pero no es sólo el PRI y el PAN, ese bloque propimperialista y antipopular que en los años previos garantizó –unos en el gobierno, otros en la “oposición”– las medidas y legislaciones requeridas por el capital. Es también el caso del PRD, la autollamada “izquierda” mexicana. El sol azteca, después de integrarse plenamente al Pacto por México en diciembre de 2012 y apuntalar la agenda reaccionaria del priismo, viendo el costo político que acarrearía la reforma energética, pataleó y decidió salir del pacto para no aparecer, con tanta evidencia, como socio y cómplice del priismo. Bajo la influencia del caudillo histórico Cuauhtémoc Cárdenas hizo esta nueva maniobra y evitó así su segura desaparición como “alternativa de oposición”.

La realidad es que la centroizquierda se ha mostrado absolutamente impotente para ofrecer alguna respuesta política de cierta energía al avance de las transnacionales sobre el petroleo. Primero apuntaló la agenda neoliberal de Peña Nieto, la cual siempre incluyó esta reforma, como una crónica de la entrega anunciada. Luego, dio un golpe de timón y adoptó una actitud “opositora”, la cual buscó más un posicionamiento mediático que contener la aplanadora parlamentaria panista-priista, generando ilusiones en que “lucharemos por una consulta… en el 2015”, una verdadera burla al descontento nacional con la entrega de Pemex, tibia política que está incluso sujeta a mecanismos legales que harían imposible retrotraer la reforma por la vía “constitucional”. La realidad es que el PRD, profundamente derechizado en los años previos, ha sido cómplice, por acción u omisión, de los avances en la penetración y la subordinación al imperialismo, primero en los ´90 con el TLC y las transformaciones estructurales del país, y ahora con este nuevo periodo de avance en la integración de la economia mexicana a los intereses y dictados de las grandes transnacionales. La “revolución democrática” encabezada por el Ingeniero Cárdenas primero, por López Obrador después, y ahora por la gris y colaboracionista dirección de Zambrano, termina un largo recorrido que lo llevó desde contener la movilizacion en respuesta al fraude del ‘88 hasta su reciente presente de asociados menores de los juniors priistas educados en la escuela neoliberal, recorrido en el cual nunca pudo (ni podrá) representar alternativa alguna para impedir que México sea una estrella más de la bandera estadounidense.

En la actitud de los vasallos neoliberales de Washington del PRI y del PAN y a la luz de la política de la centroizquierda “progresista”, resuenan firmes las palabras de los marxistas que, en distintos momentos del siglo XX (desde la decada de los ‘30 hasta los años ‘70) sostuvieron que la burguesía mexicana era una clase social profundamente reaccionaria, incapaz de garantizar la resolución de las tareas democráticas y la independencia íntegra y efectiva de la dominacion de las potencias imperialistas. Mientras la izquierda estalinista –expresada tanto en el Partido Comunista como en la figura y las organizaciones creadas por Vicente Lombardo Toledano– buscaba con ahínco un sector burgués progresista en el que depositar el lugar dirigente de la revolución, los marxistas revolucionarios –en particular aquellos referenciados con la corriente fundada por León Trotsky, pero también disidentes del PCM como José Revueltas– discutían esto.

En el caso de la dirección lopezobradorista del MORENA, la realidad es que –más allá de la voluntad de lucha mostrada por sus bases– su política no puede enfrentar y derrotar la entrega del país al imperialismo, como no pudo en el pasado echar abajo el fraude. Eso requiere una orientacion radical, para enfrentar hasta el final las instituciones de este régimen político y sus dictados, desplegar una alianza entre el movimiento obrero y el conjunto de los explotados y oprimidos, apelando a los métodos de acción y de lucha como el paro y la huelga. Esta perspectiva está ausente en la política propuesta una y otra vez por AMLO en distintas coyunturas desde el 2006 hasta la fecha, la cual descansa fundamentalmente en la presión sobre las instituciones, bajo la idea de que es posible democratizarlas y reformarlas. Por el contrario, luchar por la independencia íntegra y efectiva de la nación oprimida respecto al imperialismo y por lograr una verdadera soberania es impensable sin romper todos los lazos que nos subordinan al imperialismo y sus tratados económicos, políticos y militares (como el TLC o el acuerdo Transpacífico), por expropiar a las grandes trasnacionales imperialistas y por renacionalizar todas las áreas de la economía que han sido crecientemente privatizadas de forma abierta o encubierta. Eso requiere una política orientada a enfrentar al gobierno y sus partidos y las instituciones de este régimen, basado en la movilización revolucionaria de las masas, asumiendo una perspectiva socialista que ataque y ponga en cuestión la propiedad capitalista.

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