El asesinato del Maestro Galeano y el retiro de Marcos

El asesinato del Maestro Galeano mostró, como hemos planteado en entradas anteriores del blog, el recrudecimiento del autoritarismo y la represión bajo el nuevo PRI y que, de éste, las comunidades indígenas y las bases zapatistas sólo pueden esperar una intensificación de la ofensiva gubernamental. La acción de los grupos paramilitares es la forma que toma hoy, un adelanto de lo que posiblemente vendrá, y expresa que para el gobierno de Peña Nieto “pacificar” la zona y aislar a los zapatistas es parte de su política para estabilizar el país.

El asesinato de Galeano, en la misma Realidad, muestra hasta que punto el gobierno quiere dar la señal de “podemos alcanzarlos donde sea”.

Estos son claros motivos políticos de la clase dominante y sus “representantes, que evidentemente refuerza la necesidad de forjar un gran movimiento nacional que rodee de solidaridad activa a las comunidades zapatistas contra cualquier nueva ofensiva impulsada o cobijada por el gobierno y los partidos patronales.

En ese contexto, el anuncio del retiro de Marcos merece ser considerado. Lejos de ser un holograma o una botarga, Marcos fue, durante 20 años, el vocero que presentó públicamente la política del EZLN, con sus cambios y sus giros, así como su principal referente en momentos claves de la incursión del zapatismo en la política nacional, como fueron los años 1994-1996, la caravana del 2001 o el lanzamiento de la VI Declaración de la Selva Lacandona.

Esta decisión –que se podia vislumbrar meses atrás, cuando se anunció que el nuevo vocero sería el comandante Moisés–, es justificada bajo la idea de que prevalezcan los cuadros indígenas en los puestos de mayor exposición pública y para promover un relevo generacional. Marcos, por otra parte, presenta este anuncio como una expresión de un giro realizado largamente durante 20 años: “el más importante: el relevo de pensamiento, del vanguardismo revolucionario al mandar obedeciendo”. Lo que llama la atención es que, en el marco de tan importante anuncio, no exista un balance de 20 años de actuación, el cual no podemos encontrar en las últimas apariciones públicas de la dirigencia zapatista.

Ya en los años previos, en los momentos cruciales en que se modificó bruscamente la política del EZLN tampoco se escuchó explicación alguna de estos cambios: recordemos -por ejemplo- que durante los primeros años de existencia, la dirección zapatista buscaba una alianza con Cárdenas y el PRD, y que en el 2005 viró a un posicionamiento confrontado con este partido y con quien era entonces su principal caudillo, Lopez Obrador.

Hoy deberían considerarse los motivos del actual aislamiento del EZLN y de su poca participación -durante los últimos años- en la vida nacional; lo cual sin duda concierne a muchos jóvenes y trabajadores que se identificaron políticamente con el zapatismo. Por ejemplo debería explicarse cual es la causa de esta situación del EZLN, mientras crece el descontento con el PRI en el gobierno. Más aún cuando, al calor del mismo, se despierta un interesante proceso de politización en amplios sectores de trabajadores y de jóvenes, que sufren cotidianamente el impacto de las salvajes reformas peñanietistas. En realidad la ausencia de esta reflexión política se debe a que sincerar un balance de esto implicaría reconocer las debilidades y los profundos límites de la política de la dirección del EZLN. Desde nuestro punto de vista, lo que vimos en los últimos años es el naufragio del autonomismo como una perspectiva política (podríamos decir, una semi-estrategia) caracterizada por la “no lucha por el poder”, que es la definición practica de la crítica al “vanguardismo revolucionario”.

La trayectoria del EZLN estuvo plagada de zig-zags que no pueden ser explicados apelando a las particularidades de las concepciones de las comunidades indígenas. Después de los vaivenes de la década siguiente al alzamiento de 1994, el EZLN quebró lanzas con el PRD y lanzó la VI Declaracion de la Selva Lacandona, en torno a la cual se generó un movimiento anticapitalista, “la otra campaña”, bastante heterogéneo cuyas definiciones más generales eran coincidentes con los lineamientos autonomistas expresados en la idea de “no luchar por el poder”. En esos momentos, la coyuntura política era favorable para impulsar la movilización contra el régimen de la alternancia, y en el 2005/2006 vimos un amplio movimiento democrático que cubrió las calles, en momentos además donde el EZLN sufrió un duro golpe por la salvaje represión del estado burgués en Atenco.Pero la dirección zapatista mantuvo una política profundamente sectaria hacia los principales procesos de lucha: nos referimos a los movimientos contra el fraude del 2006, a la Comuna puesta en pie por los maestros y el pueblo de Oaxaca, y a procesos importantes en el movimiento obrero, como fue por ejemplo la rebelión en Sicartsa. La justificación de Marcos era que estos estaban dirigidos por caudillos provenientes del antiguo PRI (como AMLO) o bien por charros “opositores”. Un elemento real, pero a la vez común a la mayoría de las luchas y acciones de protesta, donde quienes comienzan a movilizarse lo hacen con sus viejas direcciones políticas al frente, razón por la cual es clave participar de las mismas e impulsarlas ampliamente -en la medida que tengan un carácter progresivo-, y sostener a la vez un programa y una perspectiva alternativa. Se trata de incidir directamente en el movimiento real alentando que los sectores en lucha realicen una experiencia con los líderes burgueses o reformistas. Lamentablemente en esos momentos el EZLN hizo lo opuesto: metiendo en un mismo costal a las bases obreras y populares y a sus direcciones, se aisló y fue impotente para pelear contra la influencia de éstas, y le dio a ese fenómeno anticapitalista que surgió una marca profundamente sectaria. La cual subsiste hoy, al punto que los 1eros de mayo, la “Otra obrera” de la VI Declaración, marcha a horas distintas respecto de las movilizaciones convocadas por las direcciones obreras reformistas que nuclean a decenas y cientos de miles de trabajadores.

Los zigs y los zags mencionados no son un capricho de Marcos, sino que son expresión de la perspectiva autonomista del EZLN.

La “no lucha por el poder” –expresada teóricamente por John Holloway en su Cambiar el mundo sin tomar el poder se amparaba en la idea de que toda acción en el terreno político era sinónimo de “politiquería”, una expresión de la primacía de lo social, como si la clase obrera y los explotados -que crean absolutamente toda la riqueza de la sociedad-, no estuvieran capacitados para crear otra política, revolucionaria y orientada no a mantener el viejo orden económico y su superestructura política, sino a darse las herramientas para destruirlo y poner en pie una sociedad nueva. Herramientas dentro de las que la construcción de un poder de nuevo tipo, históricamente episódico -lo que los socialistas llamamos la dictadura del proletariado– es imprescindible para vencer la resistencia de los explotadores y sus agentes, en una lucha sin cuartel contra el capital que no es solo nacional, sino internacional, y preparar el camino para el comunismo; esto es, una sociedad sin estado y sin clases, donde cada quien trabaje de acuerdo con sus posibilidades y reciba de acuerdo a sus necesidades, que desaparezca la desigualdad material y se acabe la “prehistoria de la humanidad”.

Asociada con esta errada crítica a la lucha por el poder político que sostiene el marxismo, estaba el denuesto de la construcción de una organización revolucionaria: si la lucha por el poder conllevaba para los autonomistas al estilo de Holloway y Marcos la esencia del estatalismo -sin importar el “pequeño detalle” de que el fin último es el comunismo, esto es la liquidación de toda forma de estado- la construcción de una herramienta política para lograr ese fin, era también impugnada con todo tipo de acusaciones al leninismo, donde lo que estaba presente era una repetición de las tesis que identificaban al marxismo con su negación más profunda: el estalinismo.

En los primeros años despues del levantamiento de 1994, el autonomismo propio de Marcos tuvo una de las consecuencias políticas posibles de esta perspectiva: un desplazamiento hacia la búsqueda de alianzas y acuerdos con el PRD y Cárdenas (justificados por las necesidades de las coyunturas inmediatas), esto es, con quienes sí querian actuar en el terreno político y “luchar por el poder” pero… para mantener y perfeccionar la transición democrática.

Luego de eso, con la VI Declaración y en los años recientes, el mismo autonomismo se enunció como una perspectiva anticapitalista, y combinó el desarrollo y fortalecimiento de los espacios autónomos (como las Juntas del Buen Gobierno) con el abstencionismo ante cualquier movimiento de lucha (obrero, juvenil o pluriclasista) que no fuera influido directamente por la dirección del EZLN. El resultado, esta vez, no fue el acercamiento a alguna variante burguesa “antineoliberal” como en el pasado, sino más bien que la negativa a luchar por el poder simple y llanamente los llevó a no presentar una estrategia política alternativa frente a los representantes políticos de la clase dominante.

El autonomismo y el abstencionismo se choca hoy con la cruda realidad. Como muestra el asesinato del maestro zapatista Galeano, si las comunidades autónomas representan una conquista para los pueblos indígenas –donde las condiciones de vida son sin duda superiores a la mayoría de las comunidades de México y se ha puesto un freno a la opresión y represión de las autoridades– las mismas no pueden sustraerse permanentemente y de forma aislada de la ofensiva de los paramilitares y las amenazas del estado burgués.

Para garantizar su autonomía y sus derechos más profundos –como el acceso a la tierra, a créditos baratos, etcétera– hay que terminar con el capitalismo. Esto no se puede realizar mediante la acumulación de “espacios liberados” y “autónomos”. Una estrategia política que apunte a ese objetivo debe descansar, en primer lugar, en la alianza entre los trabajadores y los campesinos e indígenas pobres, y se debe orientar a golpear al capital en sus centros neurálgicos –esto es, las ciudades–, y en particular los resortes claves de la economia, en la producción, el comercio, el transporte, las finanzas, para lo cual es fundamental la puesta en juego, por el movimiento obrero, de sus métodos de lucha. Esa alianza de clases faltó en 1994, cuando la CTM jugó un rol criminal alineándose al PRI, y debe ser hoy un objetivo fundamental -cuando hay mejores condiciones que en ese momento, ya que existen sectores independientes y democráticos de la clase obrera- ya que sin la misma, no es posible hacer temblar las bases del capitalismo mexicano.

Renegar de la necesidad de que los explotados y oprimidos luchen por arrancarle el poder a los capitalistas y que para eso se organicen en un partido revolucionario, sólo le regala a estos el futuro. La energía y la disposición a la lucha puesta en juego por las bases zapatistas durante dos décadas, requiere, para no ser derrochada, de una estrategia política revolucionaria cuyo objetivo debe ser arrancarle el poder a la burguesía y poner en pie un nuevo poder, de los trabajadores y los campesinos, necesario para avanzar así en el camino de una sociedad sin explotadores ni explotados.

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