A 100 años de su nacimiento: José revueltas, un intelectual incómodo

(Artículo publicado en Ideas de Izquierda – Revista de Política y Cultura, Nro. 11, Julio 2014, Buenos Aires, Argentina)

 

El mexicano José Revueltas, de cuyo natalicio se cumplen 100 años este 2014, realizó precursores aportes a la comprensión de la dominación política e ideológica ejercida por la burguesía nativa sobre las clases explotadas. A pesar de ello, su obra teórico-política mereció escasa atención, siendo valorado fundamentalmente por sus trabajos literarios. Esto a pesar de que constituye una de las figuras intelectuales más interesantes del siglo XX mexicano, con todos sus claroscuros y sus contradicciones, siendo su Ensayo sobre un proletariado sin cabeza su trabajo más importante. El homenaje edulcorado que el Estado y su intelectualidad intentarán realizarle resulta difícil de justificar, ya que Revueltas fue un intelectual militante, profundamente incómodo para el régimen político, al cual criticó ácidamente y combatió hasta su muerte en 1976.

revueltas

 

Revueltas participó, durante tres décadas, en el Partido Comunista Mexicano y otras formaciones estalinistas, e integró la delegación de aquél al VII Congreso de la Internacional Comunista. Expulsado en los años 40 por cuestionar la idea de que el PCM era el “partido de la clase obrera”, se acercó a la otra “cabeza” del estalinismo vernáculo, Vicente Lombardo Toledano, el dirigente histórico de la Confederación de Trabajadores de México. En 1950 tuvo una dura confrontación con el PCM y los lombardistas, cuando lo defenestraron como “trotskista” y “existencialista” por su obra Los días terrenales[1], pero el proceso de desestalinización encabezado por N. Krushev le generó nuevas expectativas y reingresó al PCM. En 1960 fue expulsado en medio de diferencias más agudas, e inició un distanciamiento creciente respecto al estalinismo, lo cual se expresó en el Ensayo sobre un proletariado sin cabeza de 1961. Fue radicalizando su ruptura y se acercó a varios de los postulados de León Trotsky, como se expresó en un texto de 1967 donde afirmó que “Solo hay un calificativo con el que le resulta a Stalin imposible en absoluto caracterizar la tendencia de Trotsky, pero que en realidad, también, es el único que le corresponde y que merece: el calificativo de leninista, la tendencia que de no haber muerto, Lenin mismo sin duda representaría dentro de las nuevas circunstancias históricas”[2], en el contexto de su crítica del fenómeno del estalinismo, del culto a la personalidad y el análisis de la degeneración de los PC. En 1968 participó activamente del movimiento estudiantil, y después de la masacre de Tlatelolco fue encarcelado por más de dos años, siendo en este período cuando Revueltas se consideró parte del trotskista Grupo Comunista Internacionalista[3].

En las elaboraciones mencionadas encontramos importantes aportaciones al marxismo mexicano y latinoamericano. Dialectizando el análisis del proceso revolucionario de 1910 y el régimen de la “revolución hecha gobierno”, el pensamiento revueltiano fue anticipatorio, y actuó como una suerte de bisagra entre la interpretación vulgar del estalinismo y un nuevo discurso marxista que hizo aparición en los ‘70 y ‘80 del siglo XX, anclado en el método de Trotsky, para comprender la Revolución Mexicana y el priato.

Como decíamos antes, nuestra lectura de la obra de Revueltas es crítica. Aunque su cisma con el PCM fue público y notorio, su evolución fue tortuosa. Mientras el Ensayo marcó una distancia imposible de remontar con el comunismo oficial, dejó a la par pasajes contradictorios y claroscuros con reminiscencias de las concepciones en las que se formó desde su juventud.

 

El Ensayo sobre un proletariado sin cabeza

Ensayo está recorrido por la idea de que la clase obrera mexicana es un sujeto sin cabeza, esto es, sin un partido propio –entendiendo esta última noción como un partido inserto y vinculado orgánicamente al movimiento obrero– que expresara la existencia de una conciencia de los intereses de clase del proletariado. Esta carencia estaba relacionada con la dominación construida por la burguesía gobernante y su partido entre la clase obrera.

Allí Revueltas desplegó un original análisis de las clases fundamentales de la sociedad mexicana y en particular de la situación de la clase obrera. Esta obra estuvo cruzada por una reflexión teórica sobre la enajenación de la conciencia, considerando la misma desde un punto de vista materialista. Esta preocupación por la enajenación del proletariado estaba presente desde sus primeros años de militancia, pero en este trabajo estableció una crítica frontal del PCM, como corresponsable de la “enajenación de la conciencia”.

Esta elaboración lo transformó en una suerte de hereje para la ortodoxia estalinista, ya que cuestionaba lo hecho por el PCM desde sus orígenes. A la vez rompía con los relatos del “nacionalismo revolucionario” y del estalinismo, ya que postulaba que los gobiernos emergidos de la Revolución Mexicana tuvieron consecuencias nefastas sobre la conciencia obrera, impidiendo su independencia política. Afirmaba allí: “En México se produce un fenómeno del que difícilmente puede darse un paralelo… la conciencia de la clase obrera ha permanecido enajenada a ideologías extrañas a su clase, y en particular a la ideología democrático burguesa, desde hace más de cincuenta años, sin que hasta la fecha haya podido conquistar su independencia”. Revueltas criticaba aquí la subordinación política e ideológica de las organizaciones del movimiento obrero respecto de los llamados gobiernos revolucionarios, y lo consideraba el problema fundamental. Continuaba el autor:

 

… O sea, su enajenación ha terminado por convertirse en una enajenación histórica. Esto quiere decir que aún aquello que aparece en México como ideología proletaria no constituye otra cosa que una deformación de la conciencia obrera, una variante sui generis de la ideología democrático-burguesa dominante. La clase obrera mexicana, de este modo, se proyecta en la historia de los últimos cincuenta años del país como un proletariado sin cabeza, o que tiene sobre sus hombros una cabeza que no es la suya[4].

 

Como es evidente en la parte final de la cita, el PCM, que se autopresentaba como “ideología proletaria”, era criticado no por su debilidad, sino por ser “una variante sui generis de la ideología dominante”. Esta elaboración de Revueltas tuvo gran trascendencia. Desde los años ‘30, solo los trotskistas –cuyas organizaciones decrecieron durante las décadas del ‘40 y ‘50 hasta casi desaparecer– osaron cuestionar la dominación del partido de gobierno sobre las organizaciones obreras, cuando la mayoría de la izquierda se afanaba por encontrar el carácter “progresista” de la burguesía nacional y en presionarla para que fuese hasta el final en la “revolución democrático-burguesa inconclusa”. En ese sentido, Revueltas fue un precursor del retroceso de la hegemonía estalinista en la izquierda mexicana iniciado desde 1968, al calor de los nuevos procesos de la lucha de clases en México y el mundo.

 

La construcción de la dominación de clase

Su análisis fue esencial para comprender cómo, en las tierras donde estalló una de las revoluciones campesinas más importantes del siglo XX latinoamericano, surgieron los mecanismos en que se basó la estabilidad de la dominación burguesa, convirtiendo al proletariado en “una clase sin cabeza”.

En Ensayo hay trazos de una composición dialéctica del surgimiento del capitalismo nativo, de la complejidad de su desarrollo, vinculado al mercado mundial y sujeto a numerosas intervenciones extranjeras. También un análisis general de la Revolución de 1910 plagado de tensiones, pero que podemos rescatar en tanto considera la confrontación entre las alas radicales de la Revolucion –lideradas por Villa y Zapata–frente a los representantes de la burguesía en ascenso, y la restablece como una guerra civil motorizada por el antagonismo de clases. Este análisis fue un oasis en el páramo de las interpretaciones estalinista y nacionalista de la Revolución, previo a la publicación de obras como La revolución interrumpida de Adolfo Gilly.

Revueltas partió de una definición clave: distinguiéndose de las corrientes político-ideológicas mencionadas, estableció que el sector dominante del Estado mexicano era –desde el siglo XIX– la burguesía nacional, esto es, “la clase que pudo imprimir al proceso del desarrollo ideológico su propio sello como clase dirigente de una revolución democrático-burguesa…”, para lo cual logró “negarse a sí misma como clase y confundirse con la revolución mexicana”[5]. Revueltas comprendió el proceso de apropiación del legado de la Revolución y de mistificación de la dominación burguesa, expresado en el lema oficial de “la revolución hecha gobierno”.

Para Revueltas, en el proceso que llevó a la derrota de “la revolución popular-agraria de Zapata”, entre 1915 y 1917, surgió el partido de clase de la burguesía nacional; lo cual no estaba presente previo a 1910 y se evidenciaba, por ejemplo, en el carácter episódico de sus formaciones políticas. En ese sentido escribió, por ejemplo que,

 

… la burguesía nacional participa en la Revolución Mexicana democrático-burguesa como una clase sin partido, cuya conciencia recorre una línea ascendente, a través de diversos niveles de organización, hasta llegar a un punto en que, después de objetivizarse en el Estado con la toma del poder, se convierte en conciencia organizada de su propia clase, en el partido de clase de la burguesía nacional, o sea, en su partido de Estado[6].

 

A partir de 1917, la burguesía ejercitó el poder mediante sus caudillos más populares y con mayor fuerza política y militar aunque, como decía el autor, aún no estaba en condiciones de apoyarse en las masas organizadas[7]. Revueltas planteó que “el gobierno que resulta de la toma del poder no es el gobierno de un partido, sino el partido convertido en gobierno, un gobierno-partido en cuyo seno se libran y resuelven las luchas faccionales”[8].

Lo que permitió la emergencia de este “partido de clase” fue que, en el transcurso de la Revolución, la burguesía, organizada en el constitucionalismo, configuró un proyecto político y social que mediatizó y encauzó la tormenta revolucionaria en el marco de la reconstrucción del Estado y del desarrollo del moderno capitalismo, teniendo su máxima expresión en la Constitución de 1917 y la incorporación sesgada a ésta de algunas de las demandas populares, bajo la promesa de ser realizadas desde arriba. El mérito de Revueltas fue exhibir la construcción de la dominación sobre los explotados y oprimidos.

Los años posteriores al triunfo constitucionalista fueron complejos: concentraron las luchas facciosas del bando vencedor en el gobierno, y prepararon los cambios necesarios para perfeccionar esta dominación. Revueltas tomó nota de estos cambios: con la fundación del Partido Nacional Revolucionario en 1929 inició el tránsito de un partido-gobierno apoyado en el ejército a un partido-gobierno que se apoyaba en las organizaciones de masas, pautando las reglas del juego y articulando la relación entre el Bonaparte sexenal y el partido –por ejemplo con el principio de no reelección y la selección a “dedo” del nuevo candidato–. Dando cuenta de estos elementos es que planteó un proceso creciente de subordinación de las masas organizadas, para lo cual el partido de gobierno funcionaba “como una especie de extensión social del Estado, que de este modo hacía penetrar sus filamentos organizativos hasta las capas más hondas de la población e impedía con ello una concurrencia política de clase”[9].

En este punto, sintetizaba las tres funciones del partido Estado en esta dinámica de dominación sobre las clases explotadas, y de enajenación de la clase obrera: las mismas eran, en primer lugar, la función de dirigir a la burguesía y mediatizar bajo esa dirección a todo el conjunto de la sociedad mexicana; en segundo término, conservar y afianzar la colaboración de clases entre burguesía y proletariado, y en tercer lugar, hacer indisputable la dirección de las masas campesinas por parte de la burguesía[10]. Es sugerente y fructífero buscar un diálogo entre las definiciones revueltianas y las que pueden encontrarse en los Escritos latinoamericanos de León Trotsky, particularmente en “Discusión sobre América Latina” –donde se plantea la relación entre burguesía, proletariado y campesinado– y en esa categoría magistral, el bonapartismo sui generis, con la que el revolucionario ruso comprendió al régimen mexicano bajo el cardenismo, la cual mantiene gran actualidad para el estudio de los gobiernos posneoliberales en la región.

Sin duda, la operación política e ideológica por la cual la clase dominante logró disociar –en apariencia– el Estado posrevolucionario respecto a la defensa de los intereses clasistas, tuvo en sus cimientos características que son comunes a todos los Estados burgueses modernos. Como es por ejemplo que el nuevo derecho estableció la “igualdad entre el que da y el que recibe el trabajo, es decir, entre burguesía y clase obrera, como si éstas debieran comparecer frente a un Estado neutral, a un Estado sin contenido de clase”[11]. Expresión máxima de este proceso fue la mencionada Constitución de 1917, donde, como decía Revueltas, se podía ver “el disimulo de la naturaleza real de las relaciones de clase entre burguesía y clase proletaria, al mismo tiempo que el principio de deificación del Estado burgués en México como un Estado que sería distinto y no representaría a las clases dominantes de la sociedad, por el solo hecho de ser fruto de la Revolución Mexicana”[12].

Sin embargo, a la vez, este proceso tenía un carácter específico. El mismo era el resultado tanto de la génesis de la burguesía mexicana –la cual en sus orígenes no resolvió las tareas de la transformación capitalista– como de la forma en que se resolvió la Revolución. Esto es, que durante la última fase de la revolución, el constitucionalismo se apropió de las demandas enarboladas por el zapatismo y el villismo para legitimarse, lo cual preparó el camino para la institucionalización de las mismas, estableciendo con una fuerza inusitada la identidad aparente entre “la Revolución” y los triunfadores. Esto es la idea de que no era “un Estado cuyo poder pertenece ahora a la burguesía en virtud de su revolución, sino una especie de entidad abstracta, al margen de la lucha de clases y del proceso de desarrollo histórico”[13].

El análisis de Revueltas constituye para nosotros una importante aportación para comprender cómo se articuló la dominación de clase, en el Estado y el régimen posrevolucionario, sobre las clases explotadas y oprimidas que protagonizaron y participaron en la Revolución Mexicana, y que durante las décadas siguientes desplegaron su accionar. La tesis revueltianas y su Ensayo transitan un camino paralelo al de quienes explicaron, desde una perspectiva marxista anclada en las elaboraciones de Trotsky, el proceso revolucionario iniciado en 1910 y el régimen político posrevolucionario, como fue el caso de Adolfo Gilly, Manuel Aguilar Mora y Arturo Anguiano, entre otros.

En las últimas décadas, la dominación burguesa sufrió importantes transformaciones, particularmente en el régimen político, donde el viejo priato cedió su lugar a la “transición pactada” –la respuesta a la crisis iniciada con las movilizaciones contra el fraude en 1988 y la rebelión indígena campesina de Chiapas–. Hoy estamos en un régimen –que hemos denominado como “de la alternancia”– que combina mecanismos democrático-burgueses con rasgos profundamente bonapartistas. El autoritarismo que caracteriza al gobierno actual del PRI es una expresión de ello. El regreso a las elaboraciones de los marxistas del siglo XX, recuperadas al servicio de actualizar el análisis y dar cuenta de las transformaciones de la dominación política, es una herramienta ineludible al servicio de lograr, al calor del despertar del México bronco y profundo, y en el sentido buscado por José Revueltas, la emancipación de la clase obrera, para tomar -de una vez por todas- el cielo por asalto.

[1]             En la obra literaria de Revueltas, por ejemplo en Los días terrenales y Los errores, puede encontrarse mucha de la crítica política que el duranguense realizó del Partido Comunista Mexicano.

[2]    José Revueltas, Escritos políticos III, México, Ediciones Era, 1984, pp.175 y ss.

[3]             Luego el GCI, que se reclamaba trotskista, fue parte fundamental de la fundación del Partido Revolucionario de los Trabajadores. Para profundizar en torno a la controversial relación de Revueltas con el trotskismo y sus simpatías por éste, así como su distanciamiento posterior de las tesis leninistas, ver nuestro ensayo en el blog El Cielo por Asalto (cieloporasaltomex.wordpress.com), donde desarrollamos un posicionamiento crítico respecto a las elaboraciones del autor.

[4]    José Revueltas, Ensayo sobre un proletariado sin cabeza, México DF, Era, 1984, p.75.

[5]             Ibídem, pp. 80-81.

[6]    Ibídem, p. 169.

[7]    Ídem.

[8]    Ibídem, p. 162.

[9]    Ibídem, p. 168.

[10]  Ibídem, p. 169.

[11]  Ibídem, p. 131.

[12]  Ibídem, p. 130.

[13]  Ibídem, p. 132.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s